Desde el día en que uno cae ―por azar o adrede― en el mundo del libro, elige ―por azar o adrede― un camino que condicionará todo el espacio establecido en torno a él. Según el nivel de compromiso en que se encuentre cada persona con dicho espacio, la relación se establecerá de una manera o de otra; en mi caso, hace tiempo que se convirtió en modo de vida y, por tanto, los ejercicios realizados requieren una intensidad y esfuerzo mayores a los de otras personas. Hasta aquí ha llegado siempre mi consciencia, mi autoanálisis, sin plantearme en qué momento acepté todos los mecanismos de funcionamiento que se establecían alrededor de este arte, en torno a mí, en consecuencia; sin embargo, alguien había conseguido levantar la cabeza, subirse a lo alto y analizar con perspectiva los componentes, el lugar que ocupan, y sobre todo, la función que desempeñan todos los elementos que circunscriben al libro. De algún modo u otro, con todos sus matices y peros, creo que esta es la idea que desarrolla Constantino Bértolo en La cena de los notables (Cáceres: Periférica, 2008), un ensayo resultado, como él mismo afirma en el prólogo, «de años de trato con la actividad literaria, entendida en el más amplio sentido posible».

El libro lo configuran un pequeño prólogo ―imprescindible para entender el conjunto― y un compendio de reflexiones sin más hilo narrativo a priori que los tres elementos principales organizadores de la actividad literaria: el lector, el escritor y el crítico. Tres, además, son los capítulos que le dedica al primero, tres al último, pero uno solo al segundo. Si a esto se le añade que el crítico es en primer lugar lector, que cada cual eche la cuenta sobre el tiempo que se invierte en esta obra en el acto de leer y todo lo que le circunscribe. La clave, por tanto, para analizar la actividad literaria en estos días se encuentra en el propio lector, que al fin y al cabo, como se descubrirá solo al final del libro, es el que mantiene el sistema sobre el que se sostiene el universo literario, es decir, el mercado. Hoy no se opera en términos de preferencias estéticas, religiosas, pragmáticas, etc. sino de oferta-demanda, beneficio-pérdida, consumo, marketing, etc., lo que convierte al libro en un objeto muerto ―ni siquiera peligroso― sin más valor ni poder que ser material fungible listo para usar y tirar.

El proyecto que desarrolla este libro resulta, creo, complejo y ambicioso, dado el carácter general y la cantidad de elementos que maneja, lo que en ocasiones le lleva a servirse de conceptos problemáticos (comunidad, responsabilidad, pacto de ficción) que desubican o despistan de la perspectiva marcada, que se convierten en obstáculos para la lectura. Lo mismo ocurre con la ejemplificación literaria, de la cual, sin embargo, agradezco su sencillez y accesibilidad, a veces difícil de encajar en la consecución narrativa (los resúmenes argumentales de Martin Eden, Naneferkaptah y Madame Bovary) o que no funcionan por pertenecer a otros órdenes sociales demasiado diferentes a este (caso del aedo Demódoco). Al contrario sucede con los ejemplos no literarios, como la caja negra del segundo capítulo, definida como «el registro cerebral del lector» donde la lectura, entendida como un proceso multidialógico entre cuatro estratos (textual, autobiográfico, metaliterario e ideológico), deja tras ejecutarse una serie de consecuencias en él. Lo ideal para Constantino Bértolo es que este acto de leer supere el plano individual y que «contribuya a la formación de una ciudadanía crítica y democrática», así como que se establezca entre esos cuatro estratos el punto de equilibrio que llevará a los lectores «a una mejor disposición para llevar a cabo sus responsabilidades como ciudadanos». La materialización de esa lectura ideal es, en primera instancia, esta misma obra. Constantino Bértolo ha dejado su propia caja negra escrita en La cena de los notables para que a partir de ella exista por lo menos la opción de que las «lecturas ideales», y con ellas todas sus consecuencias, se multipliquen sin límite.

Lía Rebolo

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