La fina malla metálica restalla
La ficha al caer -qué cosa esta-
De pronto entre las bruces
¡albricias! Hermanas de recinto
Humedecida en el relente de la
Noche ¡oh! Todavía alentaba
una secreta esperanza aleteando
de trasmallo ahí delante:
“la Calceta no será mi ruina”
Dejemos el paquete puesto al
Costadito, ah! El almidón que
Abrocha esa camisa escapa
Distrayendo la tarde, y sí
Oteando el horizonte dulce
Dulce aún guardo esa cadena
Que en vaivén a tanta abanicaba.
Adiós! Adiós! Hoy quedo en casa
Quieta, pensativa ¿tiramos los pañuelos?

***

***

La Ofelia de Millais

Para  Elías Uriarte
Para Verónica D`Auria

El tálamo es un agua oscura y verde que parece que tiene transparencia.

Aquí yace la bella entrecerrados ojos que dan cuenta de un vidrio milenario.

Las flores esparcidas por el agua están tan frescas como si estuvieran vivas, y no

se aprecia bien si algunas de las floridas ramas no caen de los arbustos de la orilla. Hay piedras en el fondo y el vestido se borda dorado con ramaje y con borlas que también son flores empastando el entorno de una inigualable primavera. El verdor se trastoca hacia un azul de Prusia leve, como bajo, que campea por la escena dando una pátina de aire oscurecido. ¿Qué hora será en esta descripción?

La luz, oblicua sobre un sauce, también tiñe unas varas acuáticas y el rostro de la muerta envolviéndolo todo en una atmósfera extendida hacia esa misma luz que lo ilumina.

¿En qué momento suspendido de hojas y de flores y de rostro expuesto se expone esta visión?

El rostro de reseda, los labios entreabiertos, los ojos leves, las manos hacia arriba de palmas extendidas. Hay un ligero corte en la línea del brazo que sobresale de la línea del agua. Las palmas extendidas de ese modo, ¿piden, esperan recibir, preguntan? Metálico el vestido – de oro recamado- el pelo extenso a ambos lado del cuerpo que empapado se esboza y sobresale en partes: el rostro, tan de seda y de cera por el que todavía campea un color, un rubor de la vida una minucia de aire entre los labios,  el blanco cuello, el torso hasta los senos insinuados; la cintura la pelvis, se pierden bajo el agua. Y sobre las piernas vuelve a flotar el vestido – un poco inflado de aire y agua, se confunde con fondo o con orilla- sobre el oro crecen hojas y unas rosas abandonadas de guirnalda.

Hay una comunión entre la luz, las hojas y las flores, Ofelia muerta- las manos hacia arriba, los ojos y la boca entreabierta-  el agua. Hay algo de expectante que se extiende e inquieta por la luz y la pátina del aire, por lo vivo y lo muerto, por el instante en suspensión que se ofrece y la fuga pertinaz del que el entreabierto ojo da cuenta.

***

***

En el tardío estadio de la tarde
un metal vibra: anuncia en su
tañir el plañir, sostenido.
Vendrá como esa aurora
que detrás de la sombra
se insinúa. Y todo el aire
quieto estremecerá los músculos
sutiles, el vago humor
la ahorta en preferencia
vástagos entremeses nervaduras.
Algo de humano en esto se perfila
y guarece un manantial, oculto.

***

***

Viento

La puesta en escena cambia levemente de acuerdo
a las ínfimas variantes que puede haber en el espectro
solar dado en la trama de la misma hora, en similares
grados de luminosidad. Él impertérrito, siempre juega
de as. En unos días –serán capaz cien años- una sucesión
más bien larga de días- de ella quedará algún hueso disperso,
con suerte una mano entera falange a falangeta sin que se haya
perdido parte alguna. Las cosas se mantienen por años a veces
y de golpe, se rompen. En un instante todo aquello,
no está. Los provectos gritos proferidos en ángulos caseros, el giro
sobre el eje de la espalda, el aire mismo. No se aguanta. Se despeñan
las rocas, los brazos en alto, la marea rugiente bajo el cielo de fuego.
Claro que ya nada será igual. Se sucederán las estaciones, tiempo de
florecer ahora y ella no alcanza a distinguir las hojas nuevas en esas
copas rojas. Hubo un jardín,
un dibujo anterior papeles  trasiego de materiales
trabajo de mulas agobiadas. ¿Para qué?

Y aparece y desaparece con la pálida luz de la mañana,
en medio de la noche, porque así son las cosas. Todo cambia,
es cierto. La luz nunca es la misma al
final aunque las horas sean las mismas y la capa
del cielo pueda anotarse igual en la libreta.
Sólo una vez será esa vez, reza en la base de la tumba quieta.
Y no, ¿quién quiere aventurarse en ese campo ardido?
“Si tiene que suceder sucederá”. A veces no, tampoco.
Tenía que suceder, pero pasó un avión. Una catástrofe natural,
un plan agrario. El amor es mental.
Es un invento que gira la obsesión y hace que mude
en un polvo plateado, reverberante si se mira al trasluz.

Golpea adentro de ese cofre de hueso que se llama cráneo.
Se da entre ahí y mientras me escabullo en flores de capulí,
hacia adentro,
asoma la palabra fuyir, en una lengua ida,
en muchos años. Entonces
puede despertarse en el borde del acantilado
muerta  de sed en el lugar de la pregunta.
Hay que salir de ese lugar que es trampa,
traspasar la fiambrera
no mirar para atrás. No alcanza. De todo esto, nada,
nada alcanza. No sirve para nada lamentarse, llorar,
lamentarse y llorar . No sirve repasar con nitidez reconstruyendo
los minutos el hálito inmediato, la reconstitución,
tampoco.
Sí, a mucho de eso es a lo que llaman vida.

Así que ni hablar de que la compunción mantenga la posición fetal.
Tampoco alcanza con estirar la piel de extremo a extremo para hacer
un tambor, que vibre la membrana y que acuda al oído.
“No es esto lo que quiero,
pero sí, ese es el cuerpo que todas anhelamos” no,
mariposa. En el sueño aparecía vestida de celeste la tristeza
y rezando decía: “Ahora que tengo todo lo que falla es el tiempo”.
Era horrible ese cuadro. Con las manos cruzadas, la tristeza
lloraba por el rostro arrugado. ¿Y la torre?
En la torre pasaba algo que tenía que ver con lo que huye.
Era desmoronarse para volver de cero a hacer el barro. A construir
desde la galería. La gravedad tiene su peso y tira. Pero entre tanto
alguien canta en la noche, alguien toca una flauta.
¿Y qué se puede hacer?
Tampoco los recuerdos, porque no son los mismos,
No están fijos, se mudan entre ellos, se covierten a sí mismos
convencidos de que fueron otros, olvidan las palabras
y lo único que se logra es andar trotando en paralelo. Entonar
la salmodia introduciéndole algunas variaciones. Variar
sobre la nota, la congoja se salta de la línea y si llega a
encontrar un pájaro en el aire la pluma se puede  volver oro. Ah!
El oro de la pluma! ¿Y dónde estaba escrito lo que no se podía?
¿dónde decía que la constelación no era posible?
En ese momento darse cuenta del largo de las cosas resulta algo
impensable: “es tan corto el placer y es tan largo el dolor
también puede ser que no importe lo que pase después, que sea
el presente en el grado de óptimo, el de instante supremo, en el cenit
y el cielo- la promesa- será otra cosa más; pendiente.

El resto, ese silencio, urdirá entramados dirá cosas pensará en que los modos
no fueron los correctos. Vendrá la historia, que escribe con las ruedas
y deja el macadam debajo, haciendo que se escuche como fondo de alambre
entre la greda, el rumor de pasar.
Y la historia también tiene su cuota
la que toca de una manera u otra, la que da cuerda a un perro,
al viento, la figura de un perro avanzando en la contra.
El cielo tendrá miles de gotas, de chaparrones grises  o acerados,
el mar será testigo de las partes
son los pastos doblándose los que aguantan el viento.

***

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Silvia Guerra nació en Maldonado, Uruguay. Sus poemarios más recientes son Estampa de un tapiz (Plaquette, Pen Press, NY, 2006), Nada de nadie (Tsé Tsé, Buenos Aires, 2001) y La sombra de la azucena (Cantus Firmus, NY, 2000). Además ha coeditado la correspondencia entre Gabriela Mistral y algunos escritores urugayos, y en 2007 apareció en España Fuera del relato. Una biografía aproximada de Lautréamont (Ed. Bassari).

Silvia Guerra nació en  Maldonado, Uruguay.

Ha publicado los libros de poesía:

De la arena nace el agua Editorial Destabanda, Montevideo, 1986.

Idea de la aventura Ediciones de la cadena, Feria Nacional de Libros y Grabados, Montevideo, 1990.

Replicantes  Astrales Serie de los Premios, Intendencia Municipal de Montevideo, 1993.

La sombra de la azucena, Editorial Cantus Firmus, New York, 2000.

Nada de nadie, Editorial Tsé Tsé, Buenos Aires, 2001.

Estampas de un tapiz, Plaquette, Pen Press, New York, 2006.

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