Para Z. Moll

Una de las cosas que más me fastidiaron aquella primera noche en el calabozo, por encima de la irresponsabilidad de la denuncia o del ridículo afán de protagonismo de la vigilante de seguridad, y casi al mismo nivel que la manifiesta ordinariez de un menú —galletas María y zumo de melocotón— que aún se repetiría varias veces más entre el domingo y el martes, fue el comentario de uno de los policías que cada cierto tiempo venían a abrirme la puerta de la celda para que fuera al baño.

Allí todo el mundo, los de dentro y los de fuera, hace la misma pregunta: «¿Y tú por qué estás aquí?». Ese policía, en cambio, tuvo menos tacto o fue más sincero, quién sabe, consigo mismo: «¿Y tú qué has hecho?». «Nada», respondí; «le robaron la cartera a un señor en el metro y creyó que había sido yo». El poli, con cara de tú a mí no me engañas, sonrió y me dijo: «Eres carterista, ¿eh?». Me dieron ganas de escupir: «¿Y entonces para qué preguntas?» seguido de vocativo, pero no tuve valor y simplemente repuse: «No». Entonces él, levantando el dedo índice de la mano derecha, habló muy serio por última vez: «Aquí no hay nadie que no haya hecho nada». Después quedó en silencio e hizo girar la llave. Yo me di la vuelta y entré. Serían las tres o las cuatro de la mañana.

Ahora que tengo más tiempo, llevo unos días intentando rellenar ciertas lagunas literarias y cinematográficas. Por fin he visto El golpe y El apartamento y he sido capaz de terminarme el Ulises. Anoche salí a la terraza con el atril, los chococrispis y el cuaderno y empecé a leerme la Comedia, como dirían los puristas. Y de repente, al final del tercer canto del Infierno, en la misma orilla de un Aqueronte abarrotadito, Virgilio ilustra a Dante con palabras de Ángel Crespo: «Jamás llega aquí un alma sin malicia».

Inútil comparar las magdalenas con los cereales; absurdo perder el tiempo con disquisiciones en torno al sospechoso parecido entre la justicia humana y la divina. Temblando de frío, recordé aquel otro endecasílabo, no heroico sino sáfico, de mi policía: «Aquí no hay nadie que no haya hecho nada». «AQUÍ no hay NADIE», repetí, comprendiendo por primera vez después de casi dos años, tres juicios y una sentencia absolutoria, «que no haya hecho NADA». Fui a subrayar la frase y el bolígrafo se me cayó al suelo.

«La poli cita a Dante y tú a por uvas», me dije, sin darme cuenta, todavía en verso. «La poli mejora la traducción de Ángel Crespo y tú pensando en la cartera, imbécil», continué, rojo de vergüenza. «Aquel poli era Virgilio y tú ni siquiera…», me repetí, cada vez más hundido.

No pude terminar la frase. Tampoco el tercer canto. Me acabé los chococrispis y me metí en casa. Creo que ni me lavé los dientes.

¿Que por qué leer los clásicos?

Pablo Moíño Sánchez

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