El primer Streets of Philly sucedía en una iglesia baptista, y como estamos en el país de los muchos y variados cultos, las probabilidades de que la jugada se repitiera eran altas. Esta vez se trata de la First Unitarian Church, afamada por lo enrollados y abiertos que son, quieren crear communitas y hasta son gayfriendly. Tal vez un vistazo a la página valga la pena.

Pero al otro lado del más allá de sus posibilidades espirituales diurnas, esta iglesia alquila sus dependencias a una compañía que se dedica a organizar conciertos casi cada noche. Varios estilos, en general todo lo que se lleva, lo último que va produciendo el país del nonstop: indie, pop, rock, folk. La situación no puede ser más atractiva: por un lado, la sala que alberga el altar mayor lo ocupan conciertos de gente más conocida, unas 400 personas caben ahí, por otro, la pequeña e independiente capilla lateral la reservan a conciertos más íntimos, en los bancos corridos no se sientan más de 100 personas y se crea un ambiente como de sala de estar. Agradable. La acústica es estupenda, claro, y las vidrieras de los laterales te trasladan a donde tú quieras (a tu infancia de nene católico, a una excursión del colegio a la catedral de alguna ciudad castellana, a las pelis de Harry Potter) y el precio nunca sube de 12 dólares por escuchar a Fleet Foxes, Elvis Perkins o Joanna Newsom, aunque me irrite su voz de “soy rarita”.

Todo un privilegio tal vez solo posible a costa de vivir (y sufrir, oh cielos) en el país donde todo, todo, todo tiene un precio que no se esconde (por perder la tarjeta de la biblioteca hay que abonar). Las charletas ceremoniosas dan paso a conciertazos en el mejor espacio que imagino para escuchar música. Iniciativas como esta me llevan siempre, ay inevitable regreso, a compararlo con la escena musical de Madrid. La verdad es que no tengo mucha idea del tema, pero como visitante ocasional de conciertos hay que admitirlo, no tenemos muchos ni buenos locales de música, las salas grandes están casi exclusivamente gestionadas por empresas multinacionales y los precios de grupos internacionales doblan e incluso triplican los que me voy encontrando por aquí. En Philadelphia hay muchos pequeños y medianos bares-locales donde se organizan gigs (qué mal le mirarían a uno si se atreviera a usar esta palabreja por aquellas tierras), también se encargan de traer a grupos europeos pero no por eso suben el precio, así que a ver cómo nos explicamos ahora que el concierto de Yo la tengo cueste 28 euros en La Riviera.

Otro motivo de alegría primaveral y que de nuevo marca una diferencia fluorescente con la madre patria son los super yardsales, sí, a lo cuento de Carver, en esos patios donde se va cociendo el drama hasta que explota, pero en cualquier esquina o puerta de la ciudad. Puedes sacar a la calle tus cositas, tu ropa usada, tus trastos, tus muebles, tus diccionarios de idiomas y demás artefactos de tiempo, puedes poner una mesita con todo encima o sacar percheros o como vayas viendo que te es más ventajoso. Y ale, a ver si alguien pasa y quiere algo de lo que tú ya no vas a necesitar. Intente alguien hacer esto en Madrid. ¿Será que con hacerlo ilegal consiguen que lo asociemos a tres a o cuatro sábanas en el suelo con tenedores viejos, una zapatilla y una VHS medio derretida?

Sí, aquí el capitalismo es extremo por ser padre, uno y trino, y sí, por eso los resultados de su largo recorrido hacen difícil escapar, agrede y seduce, pero precisamente su longevidad y exceso dan a luz alternativas mucho más alternativas (sí, dos veces). En el sótano de una iglesia (de nuevo los templos, es que la ayuda social en este país pasa en gran medida por los locales de dios) tienen montado un taller-almacén de bicicletas donadas; llegas, pagas casi nada por la bici y si le falla algo, te enseñan a arreglarla. Taller del Patio Maravillas pero con el añadido del objeto físico bici.

Aquí todo abunda y rebosa y excede el imaginario de lo que un solo hombre puede abarcar, así que ese mismo hombre lo quiere todo mucho y más.

Olvido Rellanos

Anuncios