El Colectivo de la ETSAM Paisaje transversal finalizaba la semana pasada un taller con el sugerente nombre de Cartas de Navegación Urbana. El taller se abría con un ciclo de cine, entre otras La Jetée (Chris Marker, 1962)  y  A propos de Nice (Jean Vigo, 1930) , Ambas películas de culto, en blanco y negro, mudas, inquietantes, desagradables incluso, sin todos los retoques y efectos a los que nuestro ojo espectador nos tiene hoy más que acostumbrados. Muestran un universo hoy marciano, grotesco, lejano y quizá por eso  enganchan a la vez que extrañan. Hablan de ciudades y de espacios particulares, desde la claustrofobia de un mundo post-atómico a las grandes explanadas y espacios diáfanos que deberían sugerir la felicidad; o una Niza en fiestas, imágenes costumbristas, bailes, juegos, con la nostalgia y el cariño a lo cotidiano.

Luego llegaron las conferencias; profesores, arquitectos urbanistas, sociólogos, amientólogos, colectivos, catedráticos, que ahondaron en las distintas formas de abordar la ciudad. Carlos Verdaguer, con una visión más histórica y artística desde el situacionismo y sus autores, nos mostraba cómo esta vertiente había dado lugar a vivir la ciudad desde la deriva, desde una pérdida total de destino. La ciudad deja de ser la máquina de habitar del movimiento moderno y se convierte en un ir y venir sin definición, un deambular con las percepciones, con  las distintas situaciones que a modo de escenario vivido se van sucediendo. Un ejemplo son los espectaculares dibujos-planos-manifiesto de Guy  Debord (1931-1944). También acudieron los Ingenieros sin Fronteras, con una visión urgente y humana de la situación, volcados en perfeccionar y explicar las herramientas más útiles, económicas y eficaces para nuevos asentamientos. La asociación de El Deseo de Andar desde la lírica de las esquinas adorables que toda ciudad tiene o debería tener, y nos muestran interesantes proyectos de actuaciones urbanas como el trabajo de Antonio Montesinos. El catedrático José Antonio Corraliza sorprendió con una exposición más que interesante sobre los distintos tipos de paisaje relacionados con la vida humana (seguirá participando en las jornadas de Paisaje y Vida humana que hasta mayo se celebran en La Casa Encendida).

Y finalmente, durante la siguiente semana el taller de trabajo. El punto de partida: una deriva. El resultado final: un documento gráfico o en soporte digital. Los participantes: estudiantes de arquitectura, bellas artes, ambientales y forestales. A partir de ahí todo vale. Consecuencia: resultados para todos los gustos. Desde perderse por Madrid buscando una excusa cualquiera (por ejemplo perseguir y fotografiar el rojo, hasta que otro rojo cruce tu camino, lo que dio lugar a subir y bajar la Gran Vía durante horas). O llegar a un barrio desconocido y acabar jugando al escondite y plantear una ciudad cuyo espacio urbano se organice para optimizar todo tipo de juegos. O pasando por las redes abiertas en internet para que la participación ciudadana se estire hasta la náusea del consenso.

Conclusión: la ciudad, nuestras ciudades, están enfermas, no hay más que ver una calle de cualquiera de los barrios periféricos para corroborarlo (la fantasmal Sanchinarro sin ir más lejos) o intentar tardar menos de dos horas diarias para moverte de tu casa al trabajo. Vivir en el centro es un lujo. Habría que preguntarse por qué nos gusta tanto (encontrar un portal cada 20 metros, ir andando a por el pan, poder jugar en la calle) y sin embargo las nuevas construcciones apuestan por la antítesis absoluta (manzanas cerradas con su patio atrincherado y ajardinado para que a nadie se le ocurra salir a jugar a la calle y con un portal por más de 100 metros de fachada a la cual accedes en coche). Es imposible que todos vivamos en el centro pero merece la pena pararse a pensar en si los nuevos  espacios públicos que se proyectan hoy son los restos que deja el espacio privado, porque al final es la calle una de las herramientas más potentes para humanizar y vivir la sociedad.

JULIA GENAU

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