Guerra de los 30 años. Madre Coraje, vendedora ambulante que vive de la miseria de la guerra, acompaña al ejército sueco acoplándose a las victorias de católicos y protestantes según la situación convenga. Una historia que se puede aplicar al XVII, a la época nazi en que fue escrita (1939) y a hoy día. Bertolt Brecht reflexiona sobre la guerra. Aquí les dejamos unas muestras para que se hagan una idea.

1629. Madre Coraje, sus hijos y su carro están prisioneros con una parte de un regimiento finlandés. Están también el predicador, más que acoplado a Coraje, y el cocinero.

EL PREDICADOR: No se ponga sentimental, cocinero. Morir en la guerra es una gracia del cielo y no una desgracia, ¿por qué? Porque es una guerra de religión. No una guerra corriente sino muy especial, en la que se lucha por la fe y que, por consiguiente, resulta agradable a Dios.
EL COCINERO: Eso es verdad. En cierto sentido, es una guerra en la que se incendia, se acuchilla y se saquea, sin olvidar alguna que otra violación, pero es diferente de todas las otras guerras porque es una guerra de religión, eso es evidente. […]

***

Poco después, Madre Coraje, buitre superviviente, habla con el predicador. Uno de los muchos intentos de justificación de su actitud carroñera.

EL PREDICADOR: La leche es buena. Por lo que se refiere a la cantidad, tendremos que moderar un poco nuestro apetito sueco. Hemos sido derrotados.
MADRE CORAJE: ¿Quién ha sido derrotado? Las vistorias y derrotas de los peces gordos de arriba y las de los de abajo no siempre coinciden, en absoluto. Hay casos incluso en que, para los de abajo, la derrota se ha traducido en beneficio. Se ha perdido el honor, pero nada más. Recuerdo que una vez, en Livonia, nuestro capitán recibió tal paliza del enemigo que, en la confusión, conseguí un caballo blanco del bagaje , que tiró de mi carro durante siete meses, hasta que vencimos y me lo requisaron. En general, se puede decir que a nosotros, la gente corriente, la victoria y la derrota nos salen caras. Lo mejor para nosotros es que la política no se agite mucho. […]

***

1632. Ingolstadt (Baviera). Entierro de Tilly, capitán de los Lasquenetes del imperio, que ha caído. Conversaciones sobre la guerra, sobre la paz, sobre el beneficio de las dos.

MADRE CORAJE: ¿Entonces no cree que la guerra podría terminar?
EL PREDICADOR: ¿Porque haya muerto el gran capitán? No sea niña. De esos se encuentran a docenas, héroes hay siempre.
MADRE CORAJE: Oiga, no se lo pregunto por nada, sino porque estoy pensando si debo comprar pertrechos, ahora que se pueden conseguir baratos; si la guerra termina, serían para tirar.
EL PREDICADOR: Comprendo que para usted es serio. Siempre ha habido gente que va por ahí diciendo: “Alguna vez terminará esta guerra”. Pero yo digo que no estoy seguro de que acabe alguna vez. Naturalmente, puede haber una pequeña pausa. Puede ser que la guerra tenga que recobrar el aliento, incluso, puede tener, por decirlo así, un percance. De eso nadie está a salvo, no hay nada perfecto en la tierra. Una guerra perfecta de la que se pudiera decir que no se le podía reprochar nada quizá no exista nunca. De pronto puede tropezar con algo imprevisto, nadie puede pensar en todo. Un descuido, y se produce el desastre. ¡Y entonces hay que sacar a la guerra de toda esa porquería! Pero los emperadores y los reyes y el Papa la ayudarían en su desgracia. De manera que, en conjunto, la guerra no tiene nada que temer y le espera una larga vida.

[…]

ESCRIBANO: A la larga no se puede vivir sin paz.
EL PREDICADOR: Yo diría que en la guerra hay también paz, tiene sus momentos pacíficos. Porque la guerra satisface todas las necesidades, entre ellas también las de paz; se ha previsto así porque, si no, no podría mantenerse. En la guerra se puede cagar lo mismo que en la paz más absoluta, y entre batalla y batalla tomar una cerveza, y hasta en las marchas se puede echar una siesta en la cuneta, con el codo como almohada, eso siempre es posible. Durante un asalto no se puede jugar a las cartas, pero tampoco puedes hacerlo trabajando en el campo en la paz más absoluta, y después de la victoria hay oportunidad. […] ¿Y qué te impide multiplicarte en medio de la carnicería, detrás de un granero o en cualquier otro sitio? A la larga no te lo pueden impedir, y entonces la guerra tiene sus retoños y puede continuar con ellos. No, la guerra encuentra siempre una solución, qué menos. ¿Por qué tendría que cesar?

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