El texto que sigue es la trascripción parcial de una visita de Derek Walcott a “Works in Progress”, un curso dictado por Pearl London en la New School de Nueva York. London, quien murió en el 2003, diseñó esta clase para que sus estudiantes tuvieran la oportunidad de escuchar de primera mano a diversos poetas contemporáneos discutiendo su obra. El intercambio ha sido incluido en Poetry in Person, una antología de las conversaciones grabadas por London, editadas por Alexander Newbauer, a publicarse por Knopf en marzo.

Pearl London: Has escrito que el lenguaje debe ser tan exacto como para describir un cenicero. Cuando leí eso, recordé aquel verso genial de “Limones de domingo” que dice “mientras la tarde vaga/ hacia el índigo”, y me dije, qué exactitud maravillosa se escucha ahí.

Derek Walcott: Voy a ser bien detallado en lo que voy a decir: ese verso en realidad ya no me gusta. Me parece que en el tono de una línea se pone a prueba la honestidad de un poeta, y con “honestidad” no me refiero a una honestidad moral. Lo que resulta extraño en la poesía que le permite sobrevivir y la inmortaliza es que de alguna manera en la lengua de cualquier raza –Caribeños, Americanos, las islas Malvinas, donde sea que haya un lenguaje– lo que sobrevive es esa realidad, esa vibración que se le da de manera distinta a millones y millones de personas de generación en generación, y es ahí donde puede encontrarse alguna validez.

Cuando te oí repetir ese verso “mientras la tarde vaga/ hacia el índigo”, no recordé que lo hubiese escrito. Lo vi desde fuera, con el derecho que tiene cualquier escritor o pintor de echarle un vistazo a un pasaje o a una pintura y decirse “en esta parte, me pasé un poco de retórico. Estoy calentando el poema o la pintura hasta que alcanza un tono en el que estoy seguro de que puedo hacer eso, pero lo que estoy haciendo es deshonesto en el sentido de que estoy empleando una clave de más, una nota más alta, un tono más allá que no le es fiel a la armonía, o tal vez a la modestia, del conjunto de lo que se está pintando”.

Si observamos un segmento de Degas, la parte más difícil de imitarlo es cuán delgadamente pinta, ¿verdad? Uno no puede comparar la textura de la superficie de un Monet con la de un Degas. Los pintores malos como yo lo que intentamos hacer es acomodar estilos y a lo mejor dar con un pasaje que se remonte a Degas, siga con un empaste aprendido de Monet, hasta que la obra no salga completamente bien –pero pueda aun ser efectiva. El asunto de la efectividad no tiene que ver con nada más que el dónde se encuentre la honestidad de una línea de poesía. Alguien dijo una vez que Wordsworth usaba palabras comunes en lugar de las más apropiadas. Eso es cierto también en el caso de muchos escritores como William Carlos Williams, quien insiste demasiado en una modestia del habla americano. A que a la poesía, sin embargo, no le concierne tan sólo la modestia del lenguaje, al menos no más de lo que le concierne únicamente la actitud retórica hacia la lengua.

La razón por la que aquí queda mal el verbo “vaga” es, creo, que si lo miro de cerca, esto es lo que pasa: tenemos tres partes. Los bloques son “tarde”, “vaga”, “índigo” –de los cuales la última pincelada debería ser un borrón, ¿no? Y no debería ser una realidad. Si fuera una verdad, un silogismo metafórico, lo que sucedería es que podrías revertirlo: “el índigo vaga la tarde”. Por otra parte, si la oración funciona de ambas maneras, lo que sucede es que el verbo está llamando la atención hacia sí mismo. El verbo es magnético, y en ese verso es incluso demasiado magnético, porque el toque adicional de incluir el “índigo” de cierta manera le da una nota un poco afectada para mi gusto. Produce un tono demasiado alto.

Ahora podrías decir, con debido respeto y con mi gratitud por que te agrade ese verso, que si tan sólo fuera posible que “vaga” no ocupara una función verbal –y v-a-g-a pudiera disolverse en í-n-d-i-g-o para que ambas produjeran un v-a-g-i-g-o sustantivo. En ese caso se eliminaría la acción del verbo que llama la atención hacia su acto. Uno quiere mezclar como en la pintura, uno quiere borrar en realidad. El verbo está desempeñando un rol que no es visual sino asonante –y no existe ninguna cualidad asonante en “vagando”.

Soy duro conmigo mismo muy a propósito. Permítanme discutir un asunto adicional. Vago en latín significa “deambular”. Pero tengo impresa en mi mente una palabra más fuerte, del francés: vague, que es la agitación del agua. Vague es una palabra muy extraña. Hay otro poema en el que quedé extasiado cuando la conseguí y fui adonde un amigo y le dije “Dios mío, ¿sabes qué? acabo de entenderlo: ‘el vago mar’”. De nuevo, la idea del borrón, el rocío, derretimiento. Porque está vague, que es el viento y el mar, y está por otra parte “vague”, que es el mar en sí borrándose, ¿no? Y lo que puede funcionar para el verso es la calidad tonal de ambas palabras. “Vago mar”. Es como una sola palabra “vago mar”, una pincelada casi, una pequeña pincelada.

Lo que quiero decir respecto a ese verso es que, lo que hacemos, la razón por la cual nos convertimos despiadadamente en víctimas de nuestros propios juicios –lo cual es justo– es que cuando conseguimos cierto grado de dominio sobre la técnica, mientras más alto escales, mejor vista obtienes, y llevas al diablo al lado. En materia de técnica, mientras más asciendes, más tentaciones te encuentras. En el poema “Homenaje a la piedra caliza”, dice Auden: “arruinar una apreciable voz de tenor a causa de un despliegue de efectos que derrumban el teatro”. No hay descanso, de veras, no hay descanso, sólo un alegre tormento toda la vida de saber que estás haciendo lo incorrecto.

***

Este texto fue extraído de Harper’s Magazine (february 2010; pp. 24-26). La traducción es de José Juan Pérez Meléndez, quien además nos ha enviado el poema traducido de Walcott al que alude el texto.

Limones de domingo

Desolados limones, aprieten
contra sí, en su vasija de barro,
la luz en su agria carne,

dejen que un destello limón sea
su única armadura
este domingo desnudo,

su luz inflexible
rebote sobre los escudos de manzanas
enceradas de tan reales,

compartan su ácido silencio
con esta mujer que recuerda
domingos de otras frutas

hasta que, concentrándose,
crezcan, falange de cascos,
listos a lo que sea,

ciudades hexagonales en donde abejas
murieron por la dulzura sola,
sean sus lámparas las últimas

sobre la mesa esmaltada
este domingo, que pide más
que la fe de sus velas

que conquistadores encascados
muriendo cual abejas, multiplicando
memorias en su dorada testa;

mientras la tarde vaga
hacia el índigo, deja que tus lámparas
sostengan, en esta ensombrecida

vasija de barro, un bodegón de vida quieta,
mas vida que escape de lágrimas o los
encantos del rocío, la contenta humedad

neón de la tarde que nubla
la forma de esta mujer recostada,
un limón, lámpara encendiéndose sin llama.

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