Hacia la segunda-tercera semana de marzo, en Lastras de Cuéllar (Segovia) se reúnen las mejores dulzainas y tamboriles de la provincia para recordar que la música tradicional de este país aún tiene mucho que aportar. Si el encuentro tiene un nombre, no importa, si no se tiene invitación, importa menos todavía, pero lo que sí importa es tener los oídos bien abiertos para dejarse llevar hasta el final. Aquí se dan cita los mejores percusionistas y dulzaineros de la provincia, sin que ninguno de ellos se jacten de serlo, basta con oírlos tocar. La música tradicional es la voz del pueblo y aunque tenga su cabezonería y orgullo (por algo ya es casi atemporal), también lleva puesta la humildad que le caracteriza. Ese día uno puede estar bailando con casi todo Mayalde, con el encargado de la fonoteca de la Fundación Joaquín Díaz, y con un montón de músicos desconocidos para los recién llegados que van pasando de un lado a otro de la cuarta pared indistintamente mientras dominan el arte de la improvisación.

El que sea un poco reticente o un acabe de aterrizar en el folk castellano debe asumir el sinfín de complejidades que estos estilos conllevan. Sin embargo, lo más curioso es que de repente uno se da cuenta de que todo lo que escucha le suena y uno empieza a pensar en ciertas notas que quizá llevan dormidas mucho tiempo en alguna parte de nuestra cabeza o que, simplemente, pertenecen al imaginario colectivo que nos identifica como pueblo.

El estilo típico en torno al que giran las improvisaciones es, evidentemente, la jota castellana, que, dicho sea de paso, poco tiene que ver con la aragonesa o con la extremeña. Alguien muy entendido en esta materia me dijo un día que probablemente, y al contrario de lo que todo el mundo cree, la jota sea el estilo español más característico porque se encuentra en muchas de las músicas populares de las distintas provincias. Sí, sí, la música tradicional española es algo más que sevillanas… La sencillez estructural y a la vez la variación rítmica que presenta de base le permite a los músicos jugar con un abanico de variantes que favorece la improvisación. Esto es lo que hace que los pies se vayan solos y no puedan dejar de moverse ni un segundo al compás.

Finalmente, si a estas alturas les sigue sin entrar la curiosidad antropológica y musical, sepan que toda la fiesta empieza con un buen cocido y tantos vasos de vino como el cuerpo aguante. Sin desperdicio.

Carmela del Gato Magín

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