Solo un jueves de cada mes este pueblo del sur de Inglaterra del que se ha hablado en otras ocasiones se engalana con aires flamencos y lo viene haciendo ya desde hace un año. Se escuchan los suspiros de las cuerdas de una guitarra que suben escaleras arriba a la calle donde quizá llueve ―no siempre es así, también hay días de cielo azul, estamos en el Sur. Retumban los pasos de un zapateado sobre las tablas bajo la blanca bóveda de la cueva de El Castizo, pero no se quedan ahí, también suben escaleras arriba, paso a paso, hasta que van a terminar bajo el cielo estrellado. Un jueves de cada mes después de una cena preparada con aceite de oliva y un buen pedazo de queso Manchego con un buen vino, se atenúan las luces de las bombillas, se encienden las velas y candiles, poco a poco se va haciendo el silencio entre los comensales para dar comienzo al susurro de los abanicos, el bisbiseo de los volantes de los vestidos, el alegre repiqueteo de las castañuelas y el elegante clamar de los clavos de los zapatos cuando golpean el tablao.

En El Castizo conviven el arte de la música y el arte de la cocina complementándose entre sí, como se complementan Isabel y Diana, bailaora y dueña-cocinera; también bailaora cuando no puede aguantarse las ganas. A Isabel ni se le había pasado por la cabeza el efecto mágico que iba a conseguir al calzarse los zapatos de tacón negros con su hebillita dorada, vestir su falda de ensayo y cubrirse con su floreado y viejo mantón de Manila que tantas veces la ha acompañado en los San Isidros madrileños, para ponerse a taconear al sabor de las deliciosas tapas de Diana.

En las tardes de espectáculo evocan calidas noches españolas de fiesta, cante y baile que el que lo está disfrutando no puede sino sentir que un pedazo pequeño de España ha sido traído al pequeño pueblo inglés, como dijo una vez un espectador.

En los distintos números predomina el flamenco con sus alegrías, tarantos, soleás, seguidillas, tangos… pero nunca falta alguna pieza de Manuel de Falla, Turina, Granados, Albéniz o el maestro Rodrigo para que los oyentes puedan tener un recorrido completo por los clásicos españoles. Y a todo le pone una pequeña chispa de pasión que desborda como en todo en una abierta y calida sonrisa y unos ojos vivos y brillantes. Al principio Isabel bailaba sola, con el tiempo se animó Diana, y ahora son las dos las que etiquetan la noche con los colores de los abanicos, las vivarachas sevillanas, los matices y recuerdos de músicas morunas y los llantos de las guitarras (enlatadas, por desgracia, y hasta que alguien se anime) que acompañan al movimiento de sus brazos, los talles de sus cinturas bordados en mantones y los lamentos de los zapatos en una zambra o un taranto bien marcado.

El texto es de Katia Larsen; la traducción, de Ángela González, y las fotos, de Diego Cortés

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