Muchos ya sabrán que estos días han caído unas enormes nevadas por aquí. Por enormes se entiende las mayores en muuuchos años, tanto que la universidad ha estado cerrada dos días seguidos y las calles se han cubierto de nieve hasta tal punto que en algunas zonas ha sido difícil distinguir las montañitas blancas de nieve acumulada de los coches sepultados por la tormenta. Esta asombrosa experiencia por lo novedoso me ha permitido observar el comportamiento de mis vecinos (y el mío), y sin sacar conclusiones apresuradas me gustaría exponer aquí los tipos que he conseguido catalogar a partir de su actitud ante las ingentes cantidades de cristal helado.

Vivo en una calle peatonal, con una isleta de árboles y plantas en el medio que divide la calle convirtiéndola en una especie de minibulevar, y como tras la tormenta llega siempre la calma, esta mañana tocaba enfrentarse a los bloques que tapaban incluso las puertas.

Tipos catalogados

a) El hombre fanático. Este es el vecino que empieza a quitar nieve (incluso durante la tormenta, para que el trabajo no se acumule demasiado) y no se siente abrumado por la empresa a la que se enfrenta. Quita y quita y sigue quitando, arrojando la nieve a la isleta central hasta que en su parcela de calle no queda ni rastro. Ni rastro. Constancia casi perversa que no cesa hasta que no desaparece hasta el último copo sobre la barandilla. Es el hombre que de tener un jardín con césped, lo tendría siempre perfectamente rasurado y libre de hojas.

b) El hombre ejemplar. Despeja la puerta y a palazos crea un pulcro caminito que permitirá que todo el que pase transite con bastante comodidad. Va echando la nieve a los lados de su propiedad, aumentando la capa que se amontona al borde de la fachada, y a ras del jardincito del medio.

c) El hombre práctico. Abre la puerta y mira a su alrededor, empieza a apartar la nieve de las escaleras hacia los lados, baja los peldaños una vez aparecen a su vista y comienza a hincar la pala en la nieve. Saca un tanto y lo cambia de lugar: a los lados de la casa, al jardincillo central, pero su esfuerzo nunca llega a ver los adoquines de la calle, matiz que lo distingue del hombre ejemplar. Para pasar por estos tramos hay que ir con algo de cuidado.

d) El hombre antisocial. Frente a su casa una gran cantidad de merengue o de algodón dibuja formas que apetecen. Dan ganas de tirarse de cabeza. Aquí el tránsito se complica en extremo y lo mejor es eso, sumergirse en lo frío y nadar hasta la línea que decide la casa del próximo vecino. Sólo unas huellas de ida y vuelta indican que hay vida en esa casa.

e) El hombre cómodo. Cuando la tormenta promete arreciar van apareciendo unos chavales con palas en las manos que por 8 dólares hacen tu labor ciudadana. Si uno no es testigo de la transacción monetaria, se corre el riesgo de confundir este hombre con el fanático o el resuelto.

Una cosa más he podido constatar: ni uno sólo de nosotros ha quitado un copo que no reposara en su jurisdicción, y así lo que discretamente marcan los ladrillos deslucidos a veces, aparece ahora como una prueba atroz de nuestro carácter revelado a base de palas quitanieves.

OLVIDO RELLANOS

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