Existen ciudades que desbordan arte por sí mismas. Uno va a París y sabe que tiene que acercarse obligatoriamente a la Torre Eiffel, al Arco del Triunfo o al Sacre Coeur, o va a Roma y piensa en el Coliseo, en la Plaza Navona, en la Fontana di Trevi, etc. Sin embargo, cuando aterriza en Berlín no sabe quién le espera además de la Puerta de Brandeburgo. La magia de la ciudad está en que poco a poco uno se va dando cuenta de que nunca tendrá los ojos lo suficientemente abiertos como para absorber todo el arte que le ofrece. Y todo son choques y antítesis.

Después de leer la guía o de escuchar las recomendaciones, uno va directo a lo monumental, al Museo de Pérgamo, por ejemplo. Allí empieza a ser consciente de la riqueza cultural en el sentido más clásico. Uno ve el altar de Pérgamo, la puerta de Ishtar o la puerta del mercado de Mileto y ya tiene que empezar a bloquearse; tanta grandeza no cabe por los ojos. Con el entusiasmo se puede volver al siglo xx, donde hay que quedarse para seguir comiéndose la ciudad. Se puede pasar otro rato entre rarezas y experimentos en Hamburger Bahnhof, el principal museo de arte moderno, ubicado en la estación de tren más antigua de la ciudad. Allí el que se aburre es porque quiere. La visita consiste en sufrir cambios de sensaciones por segundos: uno pasa de un corto sobre judíos en la II Guerra Mundial, a una escultura enorme hecha con barras de pan, teles viejas, camisas “ensangrentadas” y una masa de basura asquerosa, a los colores vivos del Mao de Warhol hasta llegar a la paz del vestíbulo, la sala principal de la estación donde solo hay bancos de colores y restos de algún tren de época. Horas se pueden perder en el silencio.

A estas alturas, como uno ha visitado lo más extremo de la ciudad, se cree que ya se ha hecho con ella, pero el punto es todo lo que hay entre medias, que los alemanes no esconden ni necesitan vigilar más allá del civismo de la gente que lo conserva. Hablo del arte que uno encuentra cada dos zancadas en Berlín. De mucho dinero, de mucha impresión y de mucho tamaño es el Sony Center de Postdamer Platz. Una enorme cúpula de cristal deja mirar al infinito y que los ojos se pierdan si se tiene encima, mientras que homenajea al monte Fuji si se ve desde la otra punta de la ciudad. Mejor que opinen los arquitectos… Continuará

Texto: Lía R.

Imágenes: Altar de Pérgamo, hall princial del Museo de Arte Moderno y cúpula del Sony Center desde abajo

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