kanna

recorro el mundo de un solo vestigio alargo el rostro
de la implume materia que me contiene hasta el eco
brutamente suelto hasta volverse espejo en punta

para entonces cuando la hoguera reliquia del día
de un lengüetazo atrapa su ensimismada causa
su lugar en el mundo sosías a punto de principio

a fin del día digo el escrutinio adúcar de la mente
vuelta sobre sí en la espira de una reminiscencia
llamada hasta la médula del acto que va siendo

(   )

salgo al patio de los principios disminuido
líquen de gratísimo susto hasta que pierdo
un solo pensamiento un paso ya ni mío

ni tuyo entre la huida verdadera
eras a la luz que vibra párpado interno
del capullo vuelto la sensación se mezcla es ella

(   )

entre ellas el precario tiempo temblar
iluminado por lo pronto doble fuego
de la sombra deseosa de ser blanco-

fijeza el hastío cuando ladra vastas
promesas a la orden del día la mirada
sin el destino desmadra al desnacer

(   )

la fortaleza líquida del ojo jamás agota el tiempo
que la guarda queda a su otra espera cardumen
de música tejida con el revés de un pensamiento
dibuja el numen su secuestro superpuesto adon-
de pasto

(   )

rasga su dársena el oído
escorpión al dilatarse
en el roer desprevenir

hasta el ocio que repite
no hay otro que no sea
aquesto que ya no está

(   )

se asoma
hasta su
envés

asombrado
se vuelve
antigüo

***
***
***

rosalía

¿Veías las plantaciones de difuntos en el rumor del río?
¿Sacudías el árbol de los frutos amargos para su contraluz?
Centinela de tu cara, aguja de tu flama, amargura de raya
a punto de ser cruzada, como en soslayo la ficta espesura

que hace las veces de promesa igual sobre tu mesa de palo,
recalcitra la prosa aguamarina de esa lágrima, melodiosa
tal el odio seminal de aquel dios de vocecilla que continúa
a su retorno retorcido entre las lamias, guardas semovientes.

Bajo una laja del umbral de tus mayores la agonía escondiste,
restos sin más sudario del suicidario general: estalla el girasol,
dada su hoguera. Se han detenido los puentes. Confunden risas
en diamantexhumar, primera muerte y no la última

que sigue a la hoja que persiste, esfuminada contra la exacta
orquesta de la respuesta. Se han detenido los que cruzaban
el puente, el puente frío, ayayay: excéntrica caída, remolino
en el fruto eco del futuro, ¿veías desde tu pequeña ventana

cómo trenzaban del día las luces finitas, rayando el hambre
de la inocencia más oscura? Inocente oscuridad. ¿Revolvían
los frutos el encanto del padre suspendido en inacabables tareas,
la tos insomne de la madre, sus pares de ojos de otro celar,

redes en viaje hacia la anfibia orilla? ¿Se confundían, efecto lejos,
melodías agudas contigo, lenguas continuas tras aguadas de pronto
conversas antiguas, con vencimiento fijo a lo perdido? Y tu espera
a la redonda, pieza suelta que redunda en abundancia aún exangüe:

la cajita de música guarda el gesto de quien su mano niña apura,
como un vaso al brillar tras la madrépora bruma de una fragancia
que sólo a lo descorazonado lleva, y más aun en primavera,
petrifica cóncava de una resonancia coagulada, resina del son,

constancia ausente del resol. Nadie te visita y te has perdido viva
aún en tu fantasma. El plasma del silencio afila este sentido línea
de la duración. Le otorga cualidad de especia, luminaria en la fiesta
del residuo. Te trae la quemazón y en ella las propiedades activas

del silencio, del que tanto habían hablado las historias del histrión.
Porque los apetitos del ciervo que no difieren, en verdad, del bostezo
ciego de un niño en guerra, en la guerra de los grandes, sin margen
para la vuelta que fijar con tachadura donde el trabajo infatigable

marea, reojo pánico a la desprevenida fiereza por fin alcanzada
si no en el día en la cadencia de una ínfima danza. Allí te encuentro,
sentada a la vera de un esqueleto inverso. Tu calavera en negativo
muestra dentadura de fosfenos a medida que el viento

trasdibuja en su trance la sola idea en la fisura del hueso,
juntura justa dando apego a tal paciencia inasible. Ánima
al sol, amada entre los trapos recién lavados por la fuerza (camisas
de fuerza) colores recién llevados cuando levanta sed la polvareda.

***
***
***

lo declara el anfibio

Algo del cosquilleo genital inquieta la estepa rociada,
la premura de la mañana asimilada al rocío que el suspenso dejó.
A la salida de la niebla, el sol boquea puros instintos de bicho.
Es nítido su riel de relumbre a pintas rajadas del aborigen solar,
como en todo desfondo una intermitencia desprotege.

¿De qué nos guarda esa fugaz aparición en su linaje de fibras?
No puedo evitar esta hermandad de nervaduras.
Suspender no quiero el hábito de hacer aliento.
Sino dispuesto estoy a dejarme penetrar por la escarpada
luz de una escafandra, emerger desde la ola inmóvil
hasta la casa de guaguas adonde reverbera lo que se fue
en su tizne con lo que habrá de volver, aunque nadie se entere.

No es el cuidado del jardín lo que hace palpable al parpadeo.
Ni el parpadeo un aplauso. Detrás del corazón hay un ausente.
Los que persiguen su propio pecho se desvanecen con la hora,
mastican el muérdago ras de su aventura, cómitres de arena
en el castigo paralinear de esa convidada lumbre al aguzarse.

Las otras sombras continúan anubadas. Es la bobera del ser,
la parálisis chinesca de lo que observa su nido autómata,
mientras la propia continuidad estalla en cada nudo o yema,
cada pálpito espejea al instante de un insomnio feroz adonde
una pregunta por el sol equivale a un revoloteo abichado.
Pero en ese cauce del rumor no se ha perdido la trasluz.
En esa hoja que mirabas no se podía discernir.

Alga de remanencias, oscuro semen que exige, simple
como una raíz de mantra, despedazado el ágora al rocío
da vueltas alrededor de su desvío del ahora. Son infames
imágenes dictándose a sí mismas. Alga del sucedáneo,
no hallas adónde anidar, sin fibrilar ni ser amada.

Pero en ese roce del temblor hay otro que teme.
Hay momentos destinados a la cima del susurro,
caen desde la piedra angular del despeñadero en
un vértigo de honduras en el cáliz jugoso de la flor.

Nadie suficientemente humano aquí. Ninguno alcanza
la vertiente desflorada en su margen que se recupera,
el sentimiento está en las formas y un pestañeo las pierde.

La mañana se está yendo. O el girar de antiguo planeta.
La brisa fluvial entre las plantas. La risueña ensoñación
ya sin mañana. Ya sin mirarte. Ya sin arte.
Nadie es suficiente. Ni uno alcanza.

***
***
***

sendavestas

¡Envíanos a las sendas!
¡Evítanos la húmeda señal
de multípara celda!
¡Estrella no de la especie,
a su lado resiste una sola!

La vez es la causa en efecto
y así la máscara déjase
caer. Y así la rosa sucede,
pasada rosca en la moda
rocío anterior.

Vieras la facha…
Disperso es el gemido
del geronte en la sala
de los reciénacidos.
Salas y alas y calas

de niños tan viejos,
de dulces reflejos
que piden consejo
a la umbra de lejos
reina de los conejos

en la galera
tan prisionera
de aquel que era
mientras perdiera
en la umbra primera,

en la escalera que suba
hacia la casa nuda
como un nuba desnudo
suda mirando a los ojos
de su primer ciervo.

¡Evítanos el envío! ¡Dispénsanos!
¡Sana lo sólito! ¡Sorda
es tu caricia pero insemina!
Yo te prometo cambios,
te contesto desde mi cráneo, ¡en

víanos esa húmeda señal! ¡a
las sendas Envíanos!
¡Estrella no da la especie, a su Hola
resiste una sola! ¡No nos evites oh
la húmeda de multípara!


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Estos poemas pertenecen al libro inédito Esteparia, de Reynaldo Jiménez. Pueden leer en el blog del autor entrevistas recientes, pueden encontrar en un post antiguo otra entrevista antigua y pueden ver aquí las partes anteriores del video, que también están en youtube.

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