El constructivismo ruso arranca en 1917 con la Revolución de octubre y se difumina con el estalinismo. Es arte y política, es un manifiesto, una declaración de intenciones, un discurso. El constructivismo mira a un lado y al otro: en 1913 ya tenemos el manifiesto de Lirionov, una síntesis de futurismo, cubismo y orfismo. Observa detenidamente el suprematismo de Malevich (sus figuras planas que flotan en el espacio), convive y se apoya en él. Y emerge finalmente entre los tempranos trabajos de Rodchenko  y Tatlin donde las figuras pierden todo referente objetual y ya no hay formas, sino la voluntad de construir a partir de la nada (el no-objetivismo).

CONSTRUIR. Una revolución precisa construir un sistema nuevo: político, social, filosófico y, cómo no, artístico. Ahora bien, ¿construir el qué? Lo que sea, con tal de construirlo bien. Puede resultar paradójico construir en dos dimensiones, pero las reglas son las mismas. Es como hacer un plano de arquitectura: los brochazos se sustituyen por líneas y superficies, los pinceles por compases y plomadas. El contenido del cuadro pasa a ser la traza geométrica subyacente; prima la composición, el ritmo, la distribución de los pesos (masas de color)… El paso a la tercera dimensión es casi instantáneo: hecho el plano, es fácil la maqueta. No es de extrañar que la pieza insigne del movimiento sea una obra de arquitectura: la III Internacional de Tatlin, que si bien no se construyó (también muy significativo), pesa en la memoria como una quimera: la máquina, el tropel de vigas y montantes en espiral ascendente, un alarde de la técnica, un propósito de fuerza y potencia, como la revolución que representaba…

¡El arte ha muerto! reza el manifiesto realista que lo acompaña; el arte no es cobijo, ni disfrute para los sentidos, es un servicio más para la sociedad, un bien público, un derecho, debe inundar la vida diaria, los uniformes, los platitos del café, las sillas, los libros… y quizá sea en este punto donde dan en el clavo, quizá era necesario creer que una nueva sociedad nacía para volver la mirada de los lienzos, enmarcados con rivetes dorados, a los objetos cotidianos. Nunca antes un libro de primaria había despertado el interés de la más avanzada línea de diseño de vanguardia. Y se nota. Los collages, las tipografías, los formatos (¡los formatos!, con lo que hoy nos gustan) se descubren y despliegan todo un festival como el que se ha podido observar hasta hace unos días en el museo Reina Sofia (en colaboración con la Tate de Londres). Una amplísima muestra de obras de Rodchenko y Popova donde se ofrece gran parte de la trayectoria de estos artistas que tan bien resumen el movimiento que representan.

La exposición empieza con cuadros de la primera época (1917-1921): líneas, circunferencias, ángulos, realidades abstractas y espacios autistas, algunos estáticos y otros no tanto, donde ponen en práctica todo el vocabulario arquitectónico adquirido, pasando por maquetas cuyas sombras podrían ser un cuadro más. Dibujos y pinturas pertenecientes a la exposición 5×5=25 muestran gráficamente lo que Naum Gabo y Antoine Pevsner defendían por escrito en 1920, al afirmar que el futurismo y el cubismo ya estaban obsoletos, que la pintura estaba en un callejón sin salida y en definitiva, que la pintura había muerto:

“…Espacio y tiempo han renacido hoy para nosotros.
Espacio y tiempo son las únicas formas sobre las cuales la vida se construye, y sobre ellos se debe edificar el Arte…
No medimos nuestro trabajo con el metro de la belleza y no lo pesamos con el peso de la ternura y de los sentimientos.
Con la plomada en la mano, con los ojos infalibles como dominadores, con un espíritu exacto como un compás, edificamos nuestra obra del mismo modo que el universo conforma la suya, del mismo modo que el ingeniero construye los puentes y el matemático elabora las formulas de las órbitas.”

Muerta la pintura, Rodchenko acabará su trayectoria artística dedicado casi en exclusiva al cine y la fotografía. Se recogen en la exposición instantáneas que retratan la arquitectura soviética de la época y se termina con la proyección de la película Moscú en Octubre (1927), de Boris Barnet, en la que Rodchenko llevó toda la producción artística.

Si el arte se entiende como una técnica, los artistas dejan de ser ese gremio bohemio y autodidacta que crea desde la intimidad de su estudio y su ego. Clases, disciplina, rigor, conocimiento de los materiales, manejo de la técnica. Por decreto de Lenin en 1920 la escuela Industrial de Stroganov y la escuela de pintura, escultura y arquitectura se funden en una y dan lugar a la VJUTEMAS, que junto con la Bauhaus conformarán los dos grandes iconos de escuelas de diseño del siglo XX, sobre las que todavía hoy se asientan nuestras escuelas de arquitectura y diseño. El elenco de profesores es insuperable: Tatlin, Rodchenko, Popova, Malevich, Lissitzky, Mélnikov, Klutsis, Stepanova… pasaron por sus aulas impartiendo clases de metalurgia, textiles, teoría del color, geometría descriptiva… En la exposición del Reina Sofía se podían observar numerosos collages, carteles, bocetos, patrones de telas, mobiliario y juegos de café que tanto Rodchenko como Popova realizaron en estos años de fiebre productivista (así se llamará la vertiente que apostó por la utilidad del arte frente a la rama más teórica capitaneada por Gabo y Pevsner con su “núcleo spiritual”).

Lo cierto es que las aulas estaban bastante lejos de la realidad de las fábricas, las primorosas tazas puzzle de Malevich no eran rentables a la hora de llevarlas a la industria… ¿Entonces? La realidad es que las bases del diseño de hoy en día siguen bebiendo de estos artistas visionarios, que elevaron el arte a la condición de necesidad básica para la vida cotidiana. Que aún hoy esta batalla siga estando perdida no quiere decir que el debate haya quedado resuelto. El arte no es, o no debiera ser, un artículo de lujo. Los posters que hoy admiramos en los museos un día estaban pegados en paradas de autobús. Quizá las exposiciones de mañana estén plagadas de anuncios de Benetton y Dior. Pero ¿habrá tazas? No puedo evitar pensar que sí, del Ikea; las imagino colocadas en un expositor con un cartel que diga S. XXI. Juego de café “Rodchenko”. ¿Entonces?, ¿habrán ganado la partida?

JULIA GENAU

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