I

Húmedo nido de tibia piel
(tu piel, del color de tu piel;
que no se puede acariciar sin que acaricie;
que, compasiva, me adormece),
eres la mitad del mundo, todo no,
y tienes nombre,
pero tu nombre es nada,
como la otra mitad del mundo.

Escribir palabras tuyas
(tu oreja, interrogante diminuto;
tu pelo, fruto absurdo de una selva)
y esta voz es humo,
porque estás hecha de muchas palabras,
pero no eres ninguna.

Que la noche poblada de infinitos
-los únicos infinitos que nos van quedando-
borre las cicatrices
como borran las olas
la pisada en la playa.

Que nos sorprenda el sol
con las alas caídas,
con los ojos cerrados,
mordiendo, sin saberlo,
un puñado de tierra.

***

II

No conoces
la noche en vela más allá de tu sueño,
acorde prolongado, cristal duro.

Quiero verte mirar, isla desnuda,
la estela del día en la noche,
líquido resplandor que se desdice,
pregunta que escapa y cae al pozo
y el pozo no rebosa,
que sombra sobre sombra sólo es sombra.

Quisiera verte verme, sentirte buscar, muda,
y sólo hallar ceniza ante tu puerta,
arenas, dunas, todo un mar nocturno
que tiene cuatro puntas, como un pañuelo,
y te empaña tantas noches, sin borrarte.

***

(DE MAYO)

7

Ni un punto guardaré para la ira:
el último latido va primero;
ante el siniestro lujo venidero
la dimensión absorta no respira.

Todo es un cuerpo a cuerpo que delira,
un castillo de naipes pendenciero,
el tobillo derecho que prefiero
si esa orilla del río más me admira.

Al rescate de sílabas arteras
multiplica otra vana cabalgata
el rigor estival de las afueras

en su cerrado alcance. Y entre tanto
suena el cerco de gallos que desata
la inmerecida estirpe del quebranto.

***

LÁMPARA MARAVILLOSA

El alifrit está frito, nadie frota.
Por el ojo de la lámpara, bajo una marina peor,
atisba
y ve que éste va a ser otro hogar como es debido.
El señor corre al centro del departamento, se llena la boca de arena y la escupe por la ventana,
corre al centro del departamento, se llena la boca de arena y la escupe por la ventana.
Es que está construyendo el nido.
El alifrit quisiera poner un toque de iniciativa -un mordente, digamos- en esta cadena siniestra de actos automáticos (dos tonos, un semitono, tres tonos, otro semitono);
un grano de pimienta -digamos- en el lecho ázimo.
Pero es inútil: nadie frota.

***

INQUISICIÓN

No es el amor quien muere
somos nosotros mismos.

No cura el tiempo. El tiempo verifica.
Cuando llame
abrir pronto,
que se instale en la cocina a calentar hierros y aceite, prestarle las tijeras, la piedra de amolar.
Luego, en el patio, en medio del círculo aterrado de niños y vendedores ambulantes,
aullar a cada gota ardiendo, convulsionarse bellamente bajo cada sabia incisión hecha pour voir
y al fin dar las gracias -no cuesta- por el certificado (válido hasta mañana):
que aún vive, que aún le vuelve la saña;
hay tejidos chirriantes; otros, aunque cedizos, responden todavía.

(Me agradecen que aquello pasó
-aquello que dolía por las tardes bajo mi filo perpetuo
disfrazado de esquina, de fecha, de cáscara-,
sin saber que ahora es signo de miasis en progreso; no asunto nuestro ya.
Huyendo de mis pruebas dio a la muerte una parte
y me llaman -otra vez- curalotodo. Yo no curo. Ni mato. Yo sólo
verifico.)

***

Gerardo Deniz (Madrid, 1934), hijo de uno de los fundadores del socialismo español, llega a México con su familia en 1942, donde desarrolla después su oficio de poeta, traductor y ensayista. Los textos elegidos se han sacado de la edición conjunta de Adrede (1970) y Gatuperio (1978), publidada en México (Conaculta, 1998). Ha publicado otros poemarios como Picos pardos (1978), Amor y oxidente (1991), Mansalva (1987) y Ton y son (1996).

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