Juan García Pujol, un burgués de la Barcelona de principios del siglo XX, consiguió desde la retaguardia convertirse en el mayor protagonista de la II Guerra Mundial. Con el estallido de la guerra civil española, Pujol, un cualquiera de su ciudad, decidió esconderse y mantenerse al margen de la causa hasta que ya no le fue posible. Una vez establecido el régimen franquista en España y que hubo comenzado la guerra en Europa, su conciencia empezó a removerse; empezó a sentir la necesidad de que tenía que aportar algo para mejorar el bienestar de la humanidad. Como no tenía una profesión  pero sí tenía que comer, decidió, como el que no quiere la cosa, convertirse en espía. Entonces ofreció sus servicios al bando británico y tras ser rechazado varias veces, decidió probar con los alemanes.

La verborrea de Pujol y su inalcanzable imaginación establecieron un servicio secreto de espías existente solo en su cabeza, aunque real para los alemanes, que les proporcionarían la información necesaria para actuar en la guerra. Este sistema ficticio y a la vez real se fue complicando cada vez más. Llegó a tener tal importancia e influencia, que cuando Pujol fue consciente de su poder, volvió a ofrecerle sus servicios a los ingleses con el fin de convertirse en doble espía. Y así fue. Así nació Garbo.

Su acción más importante, sin duda, fue la desempeñada en el desembarco de Normandía, donde, como es sabido, no hubo ninguna resistencia. Y no hubo resistencia alguna porque un informador de Arabel (así se llamaba la red de Pujol para el bando nazi) les había hecho llegar a los alemanes un mensaje en el que se afirmaba que el desembarco iba a ser en el Paso de Calais. Y allí que esperaron dejando vía libre a las tropas inglesas en Normandía. Y allí que comenzó el final de la guerra. Pujol, inteligente hasta sus últimos días, supo jugar con los tiempos de entrega y consiguió finalmente ser disculpado por los alemanes con un tardío mensaje de Arabel en el que anunciaba la entrada por Normandía como un cambio de planes, pues no se trataba en un principio de gran cosa, pero al ver que no había resistencia, los ingleses habían avanzado y suspendido el desembarco en Calais.

De esta manera, Arabel quedaba exculpada de cualquier responsabilidad que se le pudiera pedir. Su acción verdadera con los ingleses y su acción ficticia con los alemanes le sirvió para ser el único hombre coronado a la vez con la Cruz de Hierro nazi y con la de Miembro de la Orden del Imperio Británico.

Después de la guerra desapareció e hizo creer al mundo -aunque en realidad, el mundo no lo conocía- que había muerto en Angola en 1949 y su historia había muerto con él. Sin embargo, treinta años más tarde, el novelista Nigel West, interesado por su historia, comienza a dudar de su muerte y lo busca hasta encontrarlo en Venezuela donde había  creado una nueva vida en la que había enterrado su propia historia.

Gracias a su localización, en 1984, en el 50 aniversario del fin de la II Guerra Mundial, pudo recoger la medalla otorgada por el servicio británico que no había podido obtener en 1944.

A finales de 2009 y después de unos intensísimos cinco años de trabajo documental, el director de cine Edmond Roch decide llevar esta historia a la gran pantalla mediante un thriller en el que se recogen documentos históricos, de archivo de cine, entrevistas y una excelente música en la que cuentan todos los pormenores de la historia con un asombroso montaje y un hilo narrativo perfectamente acoplado que tiene al espectador atento durante casi una hora y media.

Hasta hace poco en Madrid la estaban proyectando en los Verdi (c/Bravo Murillo, 28), pero seguro que la encuentran con facilidad en cualquier medio. No dejen de verla, merece mucho, mucho la pena.

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