CARA A: Citas

Me pongo a pensar en cualquier bar, cualquier ciudad, cualquier hora, y se me pasa por la cabeza que casi nunca es mal momento para echar una miradita y fichar, trazar líneas transparentes entre ojos de una y ojos de otro. No por nada en especial, probablemente por el aburrimiento intermitente que supone nuestra vida, poco hay de búsqueda real en este gesto. A veces puede acabar en palabras incluso, las menos, en camas, siempre fragmentos de lo mismo. Por aquí, en este otro lado de todo lo que es lo mismo, la gente se mira fijamente por la calle, pero se traduce en un inevitable hi o good morning acompañado de sonrisa. Uno llega y se encara, siempre mirando, y en lugar de encontrarse retado por el que viene de frente, se ve obligado a sostener un saludo que desconcierta y agrada, gringos 1 – listilla 0.

Pero lo de las citas es otra historia. Ese cordial saludo callejero, en el supermercado, en la lavandería, ¡hasta en los baños de lugares públicos!, parece detenerse en ese primer amago de contención y lo que uno imagina que viene después puede volverse tremendamente complicado. Líos verbales, juegos de estrategia enunciativa que aunque nada tengan que ver con el chamuyo argentino, cada uno hace lo que puede. Entonces vas a bares o a restaurantes y ves estas parejas casuales  (bastante menos casuales que las que se creaban en improvisados paseos vigilados del campus a las casas de los estudiantes, vid. Streets of Philly II), fruto de la idea de la novia de un amigo, de la planta quinta de la oficina donde uno trabaja o, a lo que vamos, de los transitados sitios web de contactos.

Un amigo me cuenta que usa frecuentemente este servicio para conocer chicas. Supongo que a estas alturas de la andadura cibernética todos saben cómo se liga por internet, pero la cuestión es precisamente esta: el acto no necesariamente se consuma (o sea, no se liga) y lejos de hacerlo, puede convertirse en una serie pesadillesca (ni tanto, dejémoslo en mal sueño) de encuentros conectados por la versión más desesperada del tedio. Empieza la cena –me cuentan, no lo digo yo, así que es cierto-, las preguntas surgen como si fuera necesario creer que se están haciendo una entrevista. Por suerte, mi informante asegura que la frase “háblame de ti” no se usa como en las pelis (¿será cosa de nuestro querido y eterno doblaje?) y que más bien las fórmulas son del tipo “¿de qué parte de la ciudad eres?” en el caso de haberse confiado previamente y vía chat las respectivas procedencias, o algo parecido a “¿cómo es el lugar donde te criaste?”, lo que permite el vuelo del pájaro (y el del eunuco), y hace posible convertirse en un improvisado trovador de la infancia, éxito asegurado. ¡Para nada! Si uno hace una pregunta así porque ha aprendido a hacerla o porque cree que es lo que debe hacer, estará igual de preparado para escuchar la respuesta sin inmutarse, o poniendo caritas de aprobación.

Todo sigue adelante, continúa el intercambio verbal y después de la cena, cuatro de cada cinco terminan en un buenas noches a la puerta de donde sea, qué importa. La cuestión es que uno no desespera y asienta estos lugares virtuales como centros sociales de los que sacar posibles encuentros. Yo hablaba de esto con mi amigo y a mí todo me parecía un poco raro, y no entraré en si es frío o impersonal, simplemente me parece un medio estéril para los fines que en teoría persigue. ¿El fin no es conocer gente, salir, pasar un buen rato, reírse, encontrar sexo con personas limpitas y agradables? ¿Y no será más fácil así, a bote pronto y observando esta pequeña lista de objetivos, salir a la calle a buscar cumplirlos? Uno se evitaría muchas cenas aburridas, conversaciones del todo prescindibles, no tendría que verse envuelto en situaciones del todo innecesarias como no reconocer a la chica que se le acerca porque se presenta considerablemente distinta –y desmejorada, lo siento- de la que aparece en la foto que mandó una semana antes, cuando empezó el idilio virtual.

CARA B: Taxis

Otra amiga me cuenta otra historia muy distinta. Implicados: ella, oriental –no chinita- de veintisiete años, confiada y habitante ocasional de la ciudad del amor fraternal (o sea, Philadelphia, de qué cosas se entera una); tres mujeres jóvenes y afroamericanas –que no negras- en un coche y un bebé en las piernas de la que va sentada detrás. 10:30 pm, West Philly. Mi amiga va caminando rumbo a la universidad que no queda muy lejos de donde se encuentra (sí, a las 10:30 pm ¡y de un viernes! Tal vez la biblioteca, abierta toda la noche, se convierta a esas horas en una posibilidad para resolver el problema expuesto en el primer acto), a ratos gira la cabeza por si pasara un taxi, hace frío. En estas anda mi amiga cuando dobla la esquina un coche negro (que no afroamericano) y grande que se para a su lado. Las otras implicadas en la historia van en él: “uy, pero ¡¿cómo vas tú sola por este barrio a estas horas?!, ¡¿cómo se te ocurre?!, ¿no ves que puede pasarte algo?, sube, anda, que por unos dólares te llevamos”. Mi amiga no sabe qué decir ni cómo reaccionar, se queda parada, ellas aprovechan para seguir aturdiéndola “sube, sube, ¿a dónde vas?”, ella responde que a la universidad a escasas 8 cuadras y la chica sentada en el asiento del copiloto se baja y le abre la puerta, mi amiga entra en el coche entre agradecida y asustada y, sobre todo, muy confusa. Una vez dentro, el coche arranca, la conductora se ve nerviosa, inquieta dice algo que mi amiga no entiende a la copiloto y ésta pregunta a mi amiga que si lleva dinero, que si puede pagarlo, que esto no es gratis, claro. Mi amiga saca un billete de 5 dólares insegura, sabe que la distancia no cuesta más, pero tal vez quieran más ¿tal vez merezcan más? La copiloto intenta calmar a la conductora “tranquila, tiene dinero, lo tiene en la mano”, entonces ésta decide intervenir en un inglés que ahora sí mi amiga consigue comprender: “puedo llevarte hasta tu casa si quieres, por más dinero puedo llevarte hasta tu casa. ¿Dónde vives?” “No, gracias, voy a la universidad” “No deberías andar sola por aquí a estas horas, mejor te llevo hasta tu casa, ¿dónde vives?”. La chica que decidió confiar en tres desconocidas en un coche y no en las calles silenciosas  y oscuras está cada vez más incómoda, quiere bajarse, por fin llegan al cruce donde está la biblioteca, cinco minutos eternos, paga la carrera y baja rápidamente, cierra y el coche desaparece para siempre.

Al final la vida no va a ser tan aburrida.

OLVIDO RELLANOS

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