QUEMA con una cerilla las cuatro esquinas de un folio. El fuego tiene una mirada en el pasado. Los bordes, ahora ennegrecidos y dentados, dan un peligro de nostalgia, un consuelo de mentira. Se pone un vestido negro, desliza las manos por el estómago. Hubo un hombre que asomaba su miedo por los perfiles.
Colocaba un cigarrillo en la oreja: podía esperar.
Repetía su reproche: todo el mundo necesita pertenecer a algo.
Con las manos aún en el estómago piensa en un juego. Si escribe cabeza abajo varios números seguidos, dan la impresión de una escritura lejana, hermética.

La escritura de un hombre por venir.

***

DESPUÉS de una caricia aparecen las lámparas del miedo.
La vergüenza se enroscaba por arboledas nocturnas.
En el repaso sumaba pérdidas, añoraba espectros.
Atravesar montes y guardar silencio antes de las comidas.
Se regresaba con el día en los talones. Sauce llorón, sanjuanes y un rosal.
Amaba la ebriedad, el repentino instante.

***

TOMA estos detalles: la tetera, la botella panzuda, la rama de menta.
Entre mi amago matinal, sucinto; y tu lenguaje escorado, prendido, hay un mundo.

***

DEL cuello no queda marca. Aunque sea tránsito de ideas, salivas y mandatos. Queda de la espalda y de la cabeza.
Cinco sombras sobre el sudario de una pared. Por lo que veo, el tiempo es negro al menos en su silueta, en su recuerdo y en su huella. Su color contrasta con el azul prefabricado de los asientos. Sobre el del medio un papel muy doblado, empequeñecido. Será un billete de viaje que ya no sirve, una nota que cumplió con la memoria.
El rastro, en fin, de quien espera.

***

FÍJATE en la transparencia y pregúntate qué.

Verás tus despojos maduros, empezará algo distinto.

A veces quisiera evitar lo trascendente.

***

METE  las manos en agua caliente. El agua al moverse difumina inminencias, recuerda a un espejo empañado.
Se acerca aún con las manos húmedas y le aprieta un pecho por debajo del pezón.
Como si quisiera volver a amamantarse.

***

ES inútil un ovillo de celuloide, un varón teñido arrastrando un perro.

La mitad de mi vida llevé bigote. Quise ser mi enemigo.

***

VE todo estraza. Ve que un cuervo es isósceles; una botella, ensenada; que un hogar, insomnio.


***

Hay poetas que piensan en fragmentos y poetas que piensan en imágenes. Y hay poetas que encuentran su pensamiento en la fragmentación de las imágenes recibidas, construyen en la amenaza de destrucción, generan una arquitectura de huecos y grietas, hasta que lentamente segregan otras: retazos de imágenes arrasadas, recobradas como posibles, que, en lo que ya fue, levantan un modo de futuro. Una poesía de pérdidas y miedo, y ahí indescifrable, pero también de espera y esperanza, y así humana. Ése, creo, sería el punto de partida que la poesía de Fernando Menéndez se plantea en Un hombre por venir, publicado hace poco menos de un año por la editorial Icaria.

A poco que se repasen libros anteriores de Fernando Menéndez como El habitante de las fotografías o Historias somalíes se encontrará un decir enunciativo, no ajeno a la postal y al inventario, una mirada serena en busca de márgenes, atravesada, de la cercanía a la extrañeza, por una médula de calidez común. Esa médula no ha enfriado ahora. Sí parecen haber mudado, sin embargo, sus modos: se ha vuelto fugaz el yo (diluyéndose bien hacia la tercera persona del singular, la segunda del plural, o incluso, hacia la impersonalidad del aforismo), pero, sobre todo, se ha roto (o dejado atrás) el hilo y las imágenes se han afilado de lo puramente visual hacia lo verbal.

Quemadas imágenes las de esa escritura tan poco escritura; reticencia de narrativa ahora que se suma a una sostenida incomodidad versal de la obra de Fernando Menéndez, ni verso ni prosa, sino brotes ya de “[u]n idioma dentro de un idioma que está dentro de otro idioma”; raro cubismo de un lenguaje que entiende la invisibilidad como condición para que muchos hablen; pausa que el desamparo ha vuelto seco, manso ladrido.

Poemas: Fernando Menéndez, Un hombre por venir (2008)

Texto: Marcos Canteli

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