Yo no sé por qué en algunos bares y restaurantes se empeñan en volcar relativas dosis de originalidad icónica en los mensajes que anuncian los urinarios. Están los clásicos que entregaron el símbolo a la tradición: vemos una foto de Marylin en la puerta de la izquierda y una de Humphrey o John Wayne en la otra. Hay algunos más campestres que muestran una vaquita y un torito que, si la disposición de las puertas lo permite, parecen mirarse, como queriendo acercarse. También tenemos los de asociación libre, los que quisieron emplear una parte de su imaginación creadora para conducir a hombres y mujeres hacia su correspondiente lugar de desahogo. Aquí la cosa se complica, y ves a hombres entrando donde el creativo dueño imaginó a las damas. O te encuentras con una inexplicable cola debida ni más ni menos que a la confusión de sexos. Porque, díganme, ¿acaso relacionar un cactus a un hombre es un proceso instantáneo? Sí, uno puede recurrir a una lejana similitud con la forma del pene (muy lejana y menos mal), sin embargo, se puede también pensar que el cactus parece inofensivo, luce lindas curvas pero si lo tocas te pincha, como las mujeres, ¿no? Así las cosas, lo mejor es poner cada imagen en relación con su complementaria, en la puerta de enfrente. Y si, en el caso del cactus, se tratara de unas montañas, pues sí, podría entender la asignación de roles. Pero si, en lugar de montañas, encontrásemos una flor cualquiera, o un pez… Está visto que este influjo creador de símbolos es bastante arbitrario y depende del gusto ocasional de quien los escoge.

Pero sigamos adelante, porque aún no mencioné los aparentemente esotéricos: una estrella con ojitos y boca, una lunita creciente y sonriente, un sol espléndido. Aquí las interpretaciones van a depender del poder combinatorio de las imágenes. Si vemos una estrella y un sol, casi iguales, mismos colores, misma sonrisa de porcelana, la estrella un poco más estilizada con rayos de luz que se proyectan hacia los marcos de la puerta. El sol, una circunferencia entre amarilla y naranja, silueteada por un halo de puntas redondeadas. Ay, qué estúpida indecisión me invade justo cuando tengo una urgencia. Está claro que aquí no podemos distinguir apelando a la cuestión estética. Claro, se puede pensar desde el principio en el género gramatical y los que acudan a la sistematización lingüística estarán ya aliviados, pero tal vez en un error, porque el género en el fondo–si no nos ponemos demasiado exquisitos- es completamente aleatorio. ¿Por qué no decimos la sol? Sí. Tenemos explicaciones etimológicas pero estas, en origen, también remiten a un criterio más o menos arbitrario según los casos o dependiente de cuestiones que van más allá de lo puramente verbal. Así que esto no me vale, no es suficiente para decidir qué puerta atravesar, así, sin más reflexión. En el caso de que encontremos un sol y una luna, la cosa parece estar comúnmente aceptada, y un caso así fue el motor de estas líneas. La luna se asocia a lo femenino, pero en otras lenguas esto no es tan transparente. En todas las lenguas hijas del latín, luna es una palabra femenina porque parece remontarse a los astrónomos griegos que asociaron este astro a una divinidad mujer, la diosa Selene. Sin embargo en alemán, por ejemplo, es masculino. ¿Y qué ocurre con lenguas en las que lo masculino no se diferencia de lo femenino por los artículos ni por la terminación de la palabra, como el inglés? ¿Merecen sus hablantes mearse encima por un capricho estúpido?

Y qué me dicen de los que asocian sexos a colores. Por supuesto este criterio suele ser por lo general cursi hasta la irritación y se limita a indicar a la mujer que se dirija hacia lo rosa, y al hombre hacia lo azul. Las tonalidades varían, y tenemos una amplia gama desde los colores más pastelosos hasta los fuxias y estridentes turquesas metalizados para distinguir las puertas de acceso a los baños de los locales más “modernos”. Pero nada más determinista y chato, suponer que lo femenino es de ese color, ya no suave o delicado sino feo, feísimo y soso, y que lo del hombre es del color del cielo, del color del mar o del color del líquido desinfectante que expulsan los retretes de ciertos baños.

Yo no sé si es por seguir una moda, por adaptar el espacio a una decoración determinada, por hacer un guiño silencioso al humor de los parroquianos de tal o cual bar, por simple diversión, pero el caso es que encontraría mucho más útil, adecuado y hasta simpático que los encargados de tan controvertida función se limitaran a colocar dos cartelitos: BAÑO 1, BAÑO 2. Ni siquiera justifico la separación de sexos a través de dibujitos con o sin falda, porque lo lógico, lo socialmente generoso y natural sería que uno, cuando tiene necesidad de desalojar, pueda hacerlo sin tener que descifrar enigmáticos rompecabezas, y que no deba esperar, con las piernas muy juntas y el cuerpo apretado, mientras mira goloso la puerta entreabierta de un baño vacío de la que cuelga una figurita de un ángel.

HELENA DE LLANOS

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