Hace tiempo que asumimos que el cine documental servía para algo más que para echarnos la siesta después de comer y hace tiempo descubrimos que más bien sirve, como la misma palabra indica, para documentar, para aprender, para informar y, en ocasiones, incluso para no olvidar. La imagen, al igual que la escritura, congela un gesto, una situación, un instante… pero, sobre todo, detiene una idea en el tiempo. La vasta cultura del viaje que identifica a estos primeros años del siglo XXI está permitiendo al ser humano llegar a congelar millones de imágenes mediante las cuales se transmiten tantas ideas que ni siquiera nos da tiempo a asimilarlas. El exceso de imágenes que gratuitamente y sin contexto nos regalan las pantallitas de nuestras casas terminan por convertir las ideas que transportan las imágenes en nada. La prisa y el bombardeo de bombardeos en los telediarios hacen que cada día nos demos la vuelta con más descaro ante delitos que superan en sí mismos la propia palabra delito, o lo que es lo mismo, los convierten en invisibles. Acabar con la invisibilidad o al menos denunciarla al mundo es lo que intentaron hace un par de años Javier Bardem y Médicos sin Fronteras en un documental que lleva ese mismo adjetivo por título: Invisibles. ¿Qué sentimos al escuchar expresiones como “niño soldado”, “enfermedad del Chagas” o “enfermedad del sueño? Nada. Nada. Nada, porque a estas alturas ya son sintagmas vacíos. Solo si una imagen descriptiva les acompaña nos hacen recordar que están llenas de significado, de asquerosa realidad; solo así dejan de ser invisibles.

El primero cuenta la realidad de Uganda, un país que lleva 20 años en una guerra combatida por los propios niños y donde cada noche miles de ellos caminan hacia las ciudades en busca de refugio para protegerse del reclutamiento salvaje de los soldados del Lord’s Resistance Army (LRA). Las historias contadas por los propios niños van más allá del escalofrío. Sus ojos, sus rostros, reflejan demasiado sufrimiento, delatan la carga de la brutalidad con que son tratados y las atrocidades contra sus compañeros (sus hermanos incluso) que les han obligado a cometer. La guerra les va quitando la infancia poco a poco y les hace avanzar a pasos agigantados, pero sin embargo, a veces les vuelve una sonrisa que les/nos recuerda que aún son niños, que hay esperanza para seguir.

En “Crímenes invisibles” esa esperanza es mucho más difícil de transmitir. Demasiado duro pensar en ese concepto cuando miles de mujeres son violadas sin escrúpulo alguno en las zonas de conflicto armado de la República Democrática del Congo. Otra consecuencia de una guerra que no termina de llegar a su fin ni con acuerdos de paz ni con gobiernos de transición. Este es, probablemente, el corto más rudimentario y más simple de los que componen la película. Pero es que no se necesita más: una persona que cuenta y una cámara que registra. Esa simpleza obliga al espectador a concentrarse en lo único que debe concentrarse: en el dolor y el sufrimiento de quienes hablan. Queda al desnudo lo primitivo del ser humano, el animal que lleva dentro. Hay principios tan básicos, que cuesta hasta describirlos. Y todo es una cadena de consecuencias: la pobreza trae guerra, la guerra hace enloquecer a los hombres y obliga a las mujeres a salir a buscar alimento lejos de sus casa, esta situación hace que los hombres se aprovechen de la soledad de las mujeres, las asalten y las violen cuanto les dé la gana por el camino sin importar la edad, la belleza, la enfermedad o cualquier cualidad que se nos pueda ocurrir. Podría seguir, pero es absurdo. Si me excedo, el mensaje pierde. Basta ya. Basta ya de todo.

Lía Rebolo

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