Sesenta años atrás, bien se recuerda, un súbdito alemán, un rubio y fornido descendiente de los nibelungos, Carlos Lamp, llegó al Cuzco y, después, se avecindó en Paucartambo. Transcurrido algún tiempo, Karl adquirió, ante la sorpresa de todos, un inmenso ascendiente sobre la población indígena de los valles del Mapacho y el Piñipiñi. Vivía en comunidad con los indios, en consorcio íntimo, trabajando con ellos al aire libre, reposando en torno al hogar, mientras la conseja keswa fluía de los labios del narrador.

Carlos Lamp poseía la lengua y el alma del hombre andino, y su espíritu sajón habíase dejado absorber por la poderosa inkanidad del pueblo autóctono.

Bien pronto, la viril prestancia del germano, su masculina belleza, la inteligencia clara, el don proselitista convirtieron a Karl en el Kollana de las faenas camperas. Las mujeres de bronceada tez sintieron la caricia del Hombre Rubio con la delectación y la voluptuosidad que experimentaran las viejas abuelas al requerimiento del lascivo conquistador del siglo XVI. Lamp restableció la poligamia pública, oficial, del jefe. Los años siguientes poblábase Paucartambo de hermosos mestizos, predominantemente blancos. Centenares de indias fueron prolificadas por este ejemplar de “pur sang” ariogermana, y muchos millares de aborígenes le reconocieron por Inka.

Era Karl Lamp el Inka rubio de Paukartampu.

Tan grandes fueron el amor y la confianza del pueblo andino en su jefe sajón que le ofrendaron cuanto poseía: los ancianos, el milenario secreto; los hombres, su libertad; las mujeres, la flor virgnial; los niños, sus caricias filiales. Carlos Lamp era el esperado vengador de la Raza, el semidiós que operaría el milagro de resucitar la Cultura Inkaica. Los indios creyeron en él con la ciega fe y el fanatismo de los desesperanzados. Asiéronse al Hombre Rubio como al áncora salvadora, y el Hombre Rubio lo comprendió, y con sagacidad europea prometióse trabajar pro domo sua.

Dícese que hasta la confidencia máxima: el derrotero del Tesoro de los Inkas, había conseguido de sus confiados y amorosos cofrades. Carlos Lamp extendió sus reales dominios a los pueblos del contorno, y los ayllus numerosos de Kispikanchi y Kallka; veinte mil indios obedecían a sus órdenes; con sus legiones serranas podía él conflagrar todo el Perú y Bolivia.

Sentíase ya el nuevo Emperador de los Andes.

Y soñó un pacto grandioso con su patria, la Prusia; aliado de su rey, dueño y señor del Perú, muchos años antes de la Guerra Grande, podía proclamar el Deutschland liber alles. La supremacía germana en el Pacífico, quién sabe sería el prodromo de la supremacía mundial del Reich. Carlos Lamp miraba lejos, y se decidió a trasladarse a Europa en el más breve tiempo, con el expreso designio de negociar con Bismarck.

Mucho le rogaron los indios que no lo hiciera, que desistiese de un viaje largo nocivo para la vida del Neo-inkanato en germen. Pero Karl no escuchó razones y se marchó.

Quería conseguir la protección de Alemania para el éxito de su empresa política en el Perú. ¿Qué significado tendría su gobierno imperial en alejadas comarcas andinas? Urgióle gobernar pronto y eficazmente. Para armar a sus huestes indias érale menester cuantioso parque. Alemania le proporcionaría todos los elementos bélicos, que él había estudiado ya la manera de introducirlos sin que pudiera ser conocida tal peligrosa importación.

Pasaron los meses y los años, y nada se supo de Carlos Lamp. Dícese que estando en viaje de vuelta a América, pereció a bordo; dícese que, al desembarcar en el Perú, fue asesinado.

En las serranías de Paucartambo, la historia de Lamp se ha convertido en la mística leyenda del inka Rubio, hijo del Sol.

¿No habéis escuchado por ahí la conseja del magnánimo P’AKO INKA, contada por las indias viejecitas, quienes al ponderar la belleza varonil de Karl, ligeramente se estremecen?…

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Texto extraído de Tempestad en los Andes (1927), de Luis E. Valcárcel.

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