Paréntesis, casa frágil

Cuando la cerrazón arrecie
abre paréntesis, signo tibio,
casa frágil
que no tiene más techo
que el cielo imaginado
(aunque sea adusto, ácido, aciago,
si es otro quien lo abre),
piensa dos manos
que protejan tu rostro,
de veras miren dentro de ti,
agrupen sol contra el invierno,
sol y solvencia humana.
Aunque debas cruzar
bosques de tiempo,
pisar tantas hojas secas
en el suelo de la memoria,
cuidar no ser tragado
por zanjas de sorpresiva erosión,
búscate en el paréntesis,
como en palabras para siempre calladas.

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Sumas

caballo y caballero son ya dos animales

Uno más uno, decimos. Y pensamos:
una manzana más una manzana,
un vaso más un vaso,
siempre cosas iguales.
Qué cambio cuando
uno más uno sea un puritano
más un gamelán,
un jazmín más un árabe,
una monja y un acantilado,
un canto y una máscara,
otra vez una guarnición y una doncella,
la esperanza de alguien
más el sueño de otro.

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Obstáculos lentos

Si el poema de este atardecer
fuese la piedra mineral
que cae hacia un imán
en un resguardo hondísimo;
si fuese un fruto necesario
para el hambre de alguien,
y maduraran puntuales
el hambre y el poema;
si fuese el pájaro que vive por su ala,
si fuese el ala que sustenta al pájaro,
si cerca hubiese un mar
y el grito de gaviotas del crepúsculo
diese la hora esperada;
si a los helechos de hoy
-no los que guarda fósiles el tiempo-
los mantuviese verdes mi palabra;
si todo fuese natural y amable…
Pero los itinerarios inseguros
se diseminan sin sentido preciso.
Nos hemos vuelto nómades,
sin esplendores en la travesía,
ni dirección adentro del poema.

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Interior

Allí las dos paredes aguardaban
formando, blancas, limpias, un ángulo,
como debe ser, sin comprender nada.
La mesa, las sillas, estaban allí
en su materia inquietísima quietas,
como debe ser, sin comprender nada.
Allí regresa inútil, la ajada,
del borde del mar, sordo espejo,
que nunca ha reflejado nada,
ni floreceres ni conjunciones.
Sabiendo, vuelve. Muere en la distancia.
En la cercanía fracasa en la nada.

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La palabra infinito
La palabra infinito es infinita,
la palabra misterio es misteriosa.
Ambas son infinitas, misteriosas.
Sílaba a sílaba intentas convocarlas
sin que una luz anuncie su dominio,
una sombra señale a qué distancia de ellas
está la opacidad en que te mueves.
Van a algún punto del resplandor y anidan,
cuando las dejas libres en el aire,
esperando que un ala inexplicable
te lleve hasta su vuelo.
¿Es más que su sabor el gusto de la vida?

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Onettiana

Una ola gigantesca, hecha con pedazos de blancura distinta…

I

Fárrago guerra
ráfaga tránsfuga suerte
toda la vida una única
árida playa vacía
en la que no rompe
la buscada
la mágica ola.

II

Celebro el resplandor
y el viento.
Mido el milagro.
¿Cuánto es justo pedir?
Mido
el fragor del milagro.
¿Cuánto este mundo nos debe?
Mido milagros
y admito que toda la vida
es su deuda.

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Recreativa

Suponiendo que estamos
en el fondo de un pozo imaginario,
que tiene altura, brocal,
más allá cielo
para alguien que lo alcance
y dando por sentado
que tiene un contenido
en esperanzas yertas,
averígüese el tiempo
que habrá de transcurrir
para que quien está
en lo más hondo de él
llegue hasta arriba.

Formúlese la respuesta
en sueños viables,
fines laberintos,
ilusiones volátiles.
Calcúlese también
la energía perdida
cada vez que
se vuelve a tocar fondo.

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Ida Vitale nació en Montevideo en 1923. De la generación de otros uruguayos como Juan Carlos Onetti o Idea Vilariño, Vitale ha vivido en México y actualmente reside en Texas (USA). Entre sus libros publicados destacan, por ejemplo, Palabra dada (1953), Oidor andante (1972), Procura de lo imposible (1998) o Plantas y animales (2003). La selección presentada se extrae de Reducción del infinito (Tusquets, 2002).

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