De pasada mencioné en la primera parte que aquí se circula en bicicleta. Algo parecido a nuestra bicicrítica llamado One less car tiene muchos adeptos por estas tierras. Philadelphia es llana casi por completo, pocos coches, y los que hay son respetuosos hasta dar miedo: el otro día iba por la acera con la bici (mal), iba a cruzar con el semáforo en rojo (peor), justo venía por la calle perpendicular un coche de policía (fatal) y va y se para y me pide disculpas por interrumpir mi rumbo (ridículo). Supongo que extremos como este sirven para mostrar lo cómoda y práctica que resulta una bicicleta en esta ciudad, y aunque no es de esto de lo que quería hablar, viene a cuento porque hay bicicletas implicadas. Bicis, personas y un campus universitario a lo Harry Potter.

Érase una vez una universidad privada, prestigiosa y muy cara, donde los padres de los estudiantes pagan un riñón y medio anual a cambio de un título que conduce directo a las puertas del dinero. O no. Esta superempresa es tan poderosa que tiene su propia sección de policía, agentes con chaquetita especial donde dice Penn Police cruzan el campus noche y día no vaya a ser que de repente alguien saque un pie fuera del tiesto. Además dispone de servicios de transporte propios que dejan a uno boquiabierto. Autobuses que van de la universidad a las distintas zonas de la ciudad durante todo el día se transforman en un servicio nocturno personalizado o “taxi por la cara”, como gusten. Pero para personalizado el servicio del que –ya de una vez- voy a contar algo.

Seguimos en los entornos de la misma universidad esponjosa y como algodonada sin que esto elimine un punto de tristeza innombrable, y vemos casi en cada esquina a un tipo negro, siempre negro, con un chaleco amarillo fluorescente sentado en una bici. No sabemos cuál es su función, ¿guardia de tráfico de descanso?, ¿cartero? No, qué va, su función es mucho más romántica de lo que su chaleco reflectante da a entender. Su función es acompañar (a pie o en bici, según el caso) a los estudiantes que soliciten su servicio. Desde la universidad hasta su casa, o de una casa a otra, o de un bar a una casa, o de un bar a otro bar, las opciones combinatorias son amplias y dependen siempre del consumidor. Entonces llega la noche y comienzan a verse estas estatuas ciclistas que caminan por las calles de West Philly. Al lado normalmente una chica, siempre una chica, y cada vez que veo estas parejas efímeras me pregunto qué tipo de historias puede uno pensar o hacer surgir de algo así y se me ocurren varias posibilidades. a) la chica permanece en silencio el trayecto entero, el tipo respeta su decisión y sólo se le oye un “good night” cuando llegan al lugar de destino. Descartémosla por poco jugosa. b) la chica y el guardián de la noche entablan una conversación que dura todo el trayecto, hablan de ellos, del pueblo de ella, demasiado al norte demasiado frío, del trabajo de él, demasiadas horas en la calle demasiado frío, de los estudios de ella, demasiados cadáveres diseccionados en el laboratorio demasiado frío. Llegan a casa, ella ha disfrutado del paseo, le gustaría seguir hablando con él, pero es que es negro y además hace demasiado frío, así que dice adiós y entra en casa. c) La chica pasa a diario por la misma esquina de camino a casa. En esa esquina cada día desde las nueve reposa una de estas figuras apoyada en el eje de su mountain bike. Ella lo nota siempre, lo mira, sonríe (aquí se sonríe por todo y a todos) y pasa de largo. Ahora es viernes, 11 de la noche, y ella sale de la biblioteca. Llega hasta la misma esquina, allí está el ciclista, se acerca y le dice que si puede acompañarla hasta su casa, a unas cuatro manzanas de allí. Comienzan a andar con la bicicleta avanzando entre los dos. Hablan de cualquier cosa, de esto y de aquello, y ella lo mira con los mismos ojos que usa cada día al doblar la misma esquina. También le sonríe y hasta se ha atrevido a apoyar una mano en la bicicleta, de modo que ahora ambos la empujan. Llegan a la casa, ella se para y lo mira de nuevo, se acerca, la bicicleta sigue marcando la distancia –y qué distancia- y cuando no puede estar más cerca sin clavarse el sillín en el estómago se abalanza y lo besa. Le agarra del cuello para retenerlo y no lo suelta, él se pone muy tenso al principio, pero afloja enseguida y se deja besar. Cuando han terminado ella dice “good night” y se mete en casa. Él se sube a la bici y desanda el camino hasta llegar a su esquina.

Me gusta pensar que esta y tantas otras posibilidades han salido del papel alguna vez, eso e imaginarme a estos tipos estratégicamente situados esperando darse algún paseo de vez en cuando para desentumecer los músculos. Pero no debo tomarlo a broma, cualquier día puedo requerir sus servicios. A ver qué pasa.

OLVIDO RELLANOS

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