En un mes que llevo aquí puedo decir que algo he caminado, aunque también hay mucho de bici en todo esto. Philadelphia es una ciudad bajita y silenciosa, linda, tirando a negra,  algo se remueve en su calma. A veces no parece pasar gran cosa excepto el tiempo, muy deprisa por lo lleno que está. Pero hay una que me gustaría contar aquí. Ay, infinita vanidad y anhelo de permanencia, yo yo yo.

En este país la libertad de culto religioso es uno de sus mayores orgullos, pues de algún modo sirve para tapar miles de otras carencias en lo que uno (yo, claro) considera que es sentirse libre. Pero esta es otra historia que por supuesto no roza sólo a Estados Unidos. Aquí hay iglesias por todas partes, difícil no tenerlas en tu misma manzana, cuadra o block, así que el domingo pasado decidí entrar en una que queda cerca de donde vivo. Tipo de culto: bautista. Público: gente negra de clase media de todas las edades con predominio de mayores de 50. Hora: 11 de la mañana. Cada vez que paso por delante de esta iglesia en domingo veo circular gente vestida de domingo (lógico): señoras con trajes de chaqueta y elegantes sombreritos o tocados adornándoles la cabeza, hombres con camisa y algunos hasta corbata (la franela se lleva, al parecer), jóvenes muchachas con tacón… Desde abajo –para entrar al templo hay que subir unas escaleras- no se ve lo que pasa allí dentro, pero se oye barullo y se presiente que hay fiesta. Tras varios domingos de indecisión motivada por dañinos prejuicios (no querrán que entre ahí, lo verán como una falta de respeto, será sólo para ellos) me decidí y subí la escalera. Antes vi que junto a la entrada había un autobús gigantesco pintado con la misma tipografía que muestra el cartel de la fachada. Philadelphia Baptist Church. ¿Así que a muchos de ellos los traen en su propio autobús? ¿Es como el bus de la empresa también llamado ruta? Entré y la misa ya había comenzado. La iglesia estaba bastante llena aunque había algunos bancos libres al fondo y allí me coloqué junto a una señora bastante anciana que me dio varios papeles, uno de ellos era un folio en blanco coronado por las palabras Sermon Notes, ¡Sermon Notes! ¿No es genial? Lo que allí dentro estaba pasando es difícil de contar, creo que en parte porque aún no lo tengo muy asimilado, en parte porque no entendía ni la mitad de lo que decía el predicador. Intentaré ser breve. Allí al fondo, en el altar, había un hombre que gritaba y se movía bruscamente, sonreía abriendo mucho la boca y agitaba los brazos –creo que los abría para recibir al Señor- mientras a su alrededor un coro de señoras mayores cuya vestimenta me recordó muchísimo a Whoopi Goldberg en Ghost cuando se arregla para ir al banco con el fantasma de Patrick Swayze, cantaban y cantaban, y un hombre tocaba el piano a su lado y el predicador hablaba a base de alaridos y la gente se movía y daba palmas y sonreía y ¡me sonreían! Y me animaban a que también yo me moviera un poco y diera palmas. En estas andábamos cuando el predicador empezó a bajar las escaleras que lo separaban de su público y, como de la nada, aparecieron unos tipos enormes que procedieron a escoltarlo, como a protegerlo mientras él iba estrechando la mano de sus fieles. De repente parecía Berlusconi más alto y con pelo. Al fondo en lo alto las mujeres seguían cantando y dando palmas al ritmo del piano y la gente cada vez más contenta. Se abrazaban, me abrazaban, se estrechaban la mano con efusividad, me estrechaban la mano con efusividad. Un hombre se puso a mi lado y como pudo entre éxtasis y saltito me dijo que volviera el próximo domingo, que sería siempre welcome, y añadió algo del tipo “This is great. Isn’t it?”. Yo intentaba corresponder y sonreía todo lo que el pasmo me permitía. Todo esto no duró más de 15 minutos (madre mía, qué intensidad), hasta que la estrella abandonó la sala flanqueado por sus machos y las coristas empezaron a bajar la escalera, eso sí, sin dejar de cantar.

El grupo entero fuera, los fans empezaron a relajarse, pararon los brincos y las palmas se ahogaron en el murmullo del post. Dije adiós y salí a la calle. Allí vi cómo las mujeres del coro iban entrando al enorme autobús con letras rojas y doradas aparcado en la puerta. Así que este bus gigantesco donde cabe entero un equipo de fútbol es la furgo del grupo. No llegué a tiempo para pedirles un autógrafo, cachis, yo que tenía preparada la hoja de Sermon Notes…

OLVIDO RELLANOS

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Queridos lectores de frecuEncia uRbe: tenemos el placer de presentarles una nueva serie de textos que se inaugura hoy, con “Sermon Notes“, y que continuará a manera de crónicas verosímiles y en tiempo real, procedentes de la pluma de nuestra corresponsal en Philadelphia (USA), Olvido Rellanos. En el futuro, reconocerán la serie por su título constante: thE strEets of pHilly. ¡No se lo pierdan!

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