Si voy a la botica y pregunto por la señora Anita buscando un poco de platita, nadie me contesta; pero si voy a la botica y pregunto por la señora Anita sin buscar un poco de platita, el boticario me contesta y me dice que ella ha salido, y que me estuvo esperando toda la tarde; y se calla. Yo me callo, nada más pregunto o digo de lo ya preguntado y dicho; y después de largo rato en presencia de un señor de anteojos que está parado a mi lado si voy a la botica, le digo al boticario: “Dicen que usted es potosino”; y el boticario me contesta: “Sí, soy potosino”; Y se calla. Yo hago lo posible por quedarme callado, y noto que el señor de anteojos se parece a él mismo, cosa rara, pues todos se parecen a todos, unos a otros y nadie a sí mismo; y mientras que lo observo y permanece callado y asombrado sin animarse a prender un cigarrillo que tiene entre los dedos, pensando que yo soy el señor que está a su lado, me doy cuenta de que soy yo el señor que está a mi lado, y prendo el cigarrillo cuando hablo con el boticario, hablando aquel señor pero no yo, escuchando al boticario en donde yo me encuentro, cuando el señor escucha en donde no se encuentra escuchando al boticario; y cuando el boticario escucha a la boticaria, mientras que la boticaria no escucha al boticario, en estos momentos en que todos estamos callados hablando en la intimidad del sepulcro, un señor entra, se detiene ante el mostrador, y pregunta por una cajita, invocando el nombre de una señora que viene a la botica a comprar una cajita; a lo que le pregunta el boticario: “¿Qué cajita?”, y el señor contesta: “Una cajita blanca”. “¿Una cajita blanca?”, pregunta el boticario: “¿Será belladona entonces?”, y el señor contesta: “Seguramente ha de ser, pero blanca”. “¿Blanca? ¿Belladona blanca?”, pregunta el boticario; “Así debe ser”, dice el señor; “Entonces no puede ser”, dice el boticario; “Belladona blanca no puede haber; ¿dónde se ha visto belladona blanca? La cajita puede ser blanca, pero no la belladona”. “¿Y qué puede haber entonces si es que no hay belladona blanca?”, pregunto yo si voy a la botica; “No puede haber nada, a no ser eso mismo”, contesta el boticario; “¿Pero entonces no puede ser eso mismo?”, pregunta el señor. “Puede ser eso mismo, pero no belladona blanca”, responde el boticario, y saca una cajita; a lo que el señor dice: “Entonces así debe ser, si es que puede ser”, y se va con la cajita; y entonces aparece una chica, y el boticario le dice a la chica: “¿Qué quieres, chica?”, y la chica le dice al boticario: “¿Tiene crema?”, “¿Qué crema?”, le pregunta el boticario: “¿De lechuga, de almendras, de limón?” “No sé qué crema”, dice la chica; “¿Cuál crema, qué crema?”, repite el boticario si voy a la botica; “No sé”, dice la chica; “Es una crema de belleza”; “¿De belleza? ¿Pero entonces qué crema? No molestes chica; a lo mejor es crema de rosas”, dice el boticario; “Qué ha de ser crema de rosas, una crema de belleza que siempre compro aquí”, dice la chica; “¡Que siempre compro aquí!”, exclama el boticario, y le pregunta a la boticaria: “¿Qué crema será esa?”, y yo le contesto a la boticaria: “Debe ser la crema esa”, y la boticaria le dice al boticario: “Esa debe ser la crema esa”, y el boticario le dice a la chica: “¿Será esa la crema que quieres, chica, o será otra?”, a lo que la chica le dice al boticario: “Esa debe ser la crema esa, a no ser que sea otra”, y la chica se va, si voy a la botica.

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20061129151501-felipe-delgado01Traemos de nuevo al excelente escritor boliviano Jaime Sáenz; esta vez el extracto sale de su novela Felipe Delgado (1989). Agradecemos el dato a Cocachacra.

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