Atxaga_07

Cualquiera que haya oído hablar del autor vasco Bernardo Atxaga habrá oído hablar de su libro más famoso, Obabakoak. Sin embargo, no fue este libro –mezcla de cuentos dispersos con un cierto hilo conductor y algo que deriva finalmente en novela- el que primero cayó en mis manos. Mi relación con Atxaga se remonta a unos cuantos años antes, cuando de niña me regalaron Memorias de una vaca. Atxaga siempre me tendrá entre sus admiradoras desde entonces. Quizá no tanto porque es el único libro que he leído más de dos veces en mi vida, sino por esa tierna y sencilla forma de narrar, que mi instinto pre-púber pudo rescatar de entre líneas. Quizá porque con él nació para mí la locura de leer, entiéndanme bien: la locura de leer.

Memorias de una vaca cuenta la historia de Mo, la vaca protagonista y narradora que de manera extrañamente lúcida nos va contando sus peripecias vitales. Quizá con una estructura demasiado pendiente de la tradicional picaresca española, pero con todo lo bueno del delirio del viaje alucinante –a la manera del mundo alucinante de Reinaldo Arenas, recordado en mi cabeza como un buen viaje alucinante.

Después de eso llegó Obabakoak, y el manejo excelente del cuento, la mitología y, de nuevo, las deudas con una cierta tradición española  -se me viene a la cabeza el conde de Villamediana, por ejemplo. Ese libro fue definitivo, a pesar de que el siguiente, El hijo del acordeonista, no trascendió en mi memoria; seguramente fue por ciertas carencias de la percepción humana, que a veces debe lidiar con el mundo exterior. En todo caso, Atxaga es de los pocos escritores españoles a los que sigo la pista con asiduidad y, desde la vaca Mo, sé que siempre seré incondicional. Me gusta su tranquila manera de estar siempre ahí, de ir escribiendo sin llamar la atención. Cada cierto tiempo una novela, quizá algún cuento o poema. Pero nunca con la cansina presencia eterna que caracteriza a otros escritores españoles; ese ansia por publicar y publicar, por escribir artículos banales en todos los periódicos posibles. Nunca he visto a Atxaga abusar de los medios, tampoco ningún gesto vanidoso con su obra. La frase exacta en mi mente es esta: un escritor sin pretensiones. ¿No es raro que esto sea una cualidad? Para mí lo es, hoy en día.

Siete casas en Francia es su última novela. Lo primero es la sorpresa del escenario: el Congo. Nos alejamos de la mítica, verde y atractiva Euskadi, el habitual entorno de sus novelas, y nos encontramos en el Congo, a comienzos del siglo XX, en una base militar. No quiero contar el argumento ni hablar de la novela. Solo quería explicar por qué Atxaga me cautiva con su no-trascendencia, ese adorable intento de escribir, sin más, una novela. Entiéndanme bien: escribir una novela; ofrecer al público una historia.

Una cosa que parece tan simple.

Texto: Julieta Estévez

Anuncios