Arcimboldo8-1Te observa a través de sus lentes, pequeños y oscuros, tan pequeños y tan oscuros como los ojos que hay detrás de ellos y que tú no puedes intuir. No sonríe. La barba, tal vez el único rasgo apacible de su rostro, le crece en mechones plateados desde los alrededores de unos labios inexpresivos, implacables. La piel de las mejillas es dura y sin un solo pliegue, como de cuero curtido; apenas hay carne desde el pómulo hasta la parte inferior de la quijada. Firme, rectilínea, severa, la nariz te apunta directamente a la garganta. Vuelves a mirarlo a los ojos y te preguntas si será ciego.

No hay en su cuerpo una sola línea curva. El cuello es corto y cae —no descansa; cae a plomo— perpendicular sobre unos hombros fuertes, rígidos, como una única tabla. Todo el brazo izquierdo permanece oculto, cubierto por una capa de tela negra decorada con motivos vegetales; el derecho, ligeramente inclinado hacia adelante, está flexionado y en tensión: forma un ángulo de sesenta grados cuyo vértice es el codo. Parece como si con él protegiera de ti, de tu mirada ávida, los libros que aprieta contra su pecho. Tan solo los dedos, largos y huesudos, muestran cierta debilidad: una relajación de tarántula dormida.

De algunas personas se dice: «Es como un libro abierto». Este hombre, en cambio, parecería estar compuesto por un centenar de libros cerrados, inaccesibles, ásperos al tacto. Uno solo de estos volúmenes imaginarios se aparta —o eso parece— de tal monstruosidad: corona la cabeza del hombre como una ofrenda colocada en un altar y en sus páginas de grueso pergamino adivinas el rastro de la tinta negra.

Pero no te engañes. Las hojas de ese único libro abierto apuntan hacia arriba. El hombre es mucho más alto que tú, diabólicamente alto; tu vista no alcanza a distinguir las letras. Nunca podrás leer una sola palabra; conténtate con imaginar lo que hay adentro.

Texto: Carlos Matta
Imagen: Giuseppe Arcimboldo, El bibliotecario, 1566

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