1Cenizas«Empieza por el final», me dijeron cuando me recomendaron la lectura de las obras  ―cuasi― completas de Rodrigo García. Era una petición dura, porque eso de comenzar la casa por el tejado no me hacía mucha gracia, pero antes de negarme eché un vistazo al texto de cierre, quizá impulsada por la misma curiosidad que me lleva a escaparme hasta la última frase de un libro cuando empiezo a leerlo. El epílogo no era un texto dramático, ni siquiera dramático al modo de García. Un discurso. Eso era. Un discurso con título, ahora sí, de los suyos: A este tipo no queremos volver a verlo. Lo leo. Pausadamente. Repetidamente. Es fácil de entender. Lo difícil es asimilarlo. Me gusta el estilo. Me encanta el estilo. Digo «voy a seguir leyendo». Y, por fin, empiezo por el principio.

Cenizas escogidas reúne 22 obras escritas por Rodrigo García entre 1986 y 2009, que el mismo autor decidió separar en dos partes: una para las que escribió entre 1986 y 1999; otra para las posteriores. La razón, dice, es un cambio de dirección en su concepción y estilo creador. Los primeros trabajos, más experimentales, parecen macabros juguetes literarios que revolotean entre un contexto ―y un «cotexto»― social y locuazmente escatológico. Los últimos, más reflexivos, más líricos, se erigen en una progresión temático-estilística en aras de una renovación estética no vacía de contenido intimista. Pero lo cierto es que en todas ellas hay constantes innegables. Por ejemplo, el lenguaje directo y limpio, cuidado y seleccionado, que no necesita de eufemismos para sobresalir literariamente. Las palabras cotidianas, bellas en su violencia y naturalidad, confluyen en armonía con el lenguaje elevado, lo que provoca, y ésta es otra constante universal garciana, un efecto de choque en el lector que tarda en digerirse, lo mismo que cuando caemos en ciertos vicios incomprensibles, como beber cerveza, cuando a casi nadie le gusta la primera vez que la toma, o seguir practicando sexo cuando la experiencia piloto suele dejar mucho que desear…

El afán de crítica también se manifiesta a lo largo de toda la trayectoria del dramaturgo. Mucho más ácida y lúdicamente desnuda en las obras hasta el año 1999; más profunda ―vamos a llamarla así― en las siguientes. Descorazonadas las obras, no queda lugar para la esperanza en las más antiguas. Tampoco es muy amplio el espacio que se le concede en las posteriores, porque, como dice el protagonista de Agamenón. Volví del supermercado y le di una paliza a mi hijo, «para rescatar la ESPERANZA de entre tanta basura hay que pringarse bien pringado». Y es esta obra, junto con otras como Borges, Jardinería humana, Versus o Prefiero que me quite el sueño Goya a que lo haga cualquier hijo de puta, la que da un tono maestro a la selección, que se edulcora y exalta a la vez con un amargo humor negro que nos lleva sin más remedio a la reflexión (¿reflexión? Bueno. ¿Pero por qué no puedo dejar de reír?).

Como todo escritor, García tiene deudas con artistas y escritores anteriores, a los que rinde homenaje otorgándoles la categoría de obsesión: Céline, Bernhard, Schopenhauer, Mozart…  pero no sólo de obsesiones personificadas vive el hombre: el boxeo, la lucha, la infancia, el oficio del padre (carnicero, que da nombre ―y no sin razón― a la compañía de teatro de Rodrigo García, La carnicería), el abandono, la soledad irremediablemente humana que busca irremediablemente compañía… Es fácil encontrar motivos repetidos en diferentes obras, verbigracia, la paliza y sus variedades, pero esta recurrencia no alcanza nunca a la monotonía. Nunca. Y eso es lo sorprendente de Rodrigo García. Con unas experiencias vitales comunes a todos los mortales, un léxico que no le es ajeno y unas imágenes que no resultan agradables escenas bucólicas, el escritor construye un universo único y novedoso donde da cabida a la genialidad de la omnisciencia. Porque después de citar en todas las conversaciones que mantenía alguna frase de Rodrigo García, llegué a afirmar que «este tío habla de todo». Y no es filosofía barata, sino «indigestión encargada de predicar la moral al estómago», en palabras de Victor Hugo. ¡Y menos mal! Que no faltan redentores de la humanidad… de esos que nunca dan trigo.

Rodrigo García: Cenizas escogidas, La uÑa RoTa, Segovia, 2009.
Reseña de Mireia Roqueto

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