robertlouisstevenson-in-bedLa mayoría de nosotros conocemos a Robert Louis Stevenson (1850-1894) por sus famosas novelas La isla del tesoro o El extraño caso del Dr. Jeckyll y Mr. Hyde. Hace poco tuve el placer de descubrir sus relatos de viajes, gracias a la edición española De praderas y bosques. En busca de América. Un viaje que hoy no contaría con más de 4 horas en avión, lleva a nuestro autor a recorrer en tren Estados Unidos durante semanas: desde su desembarco en Nueva York, procedente del Reino Unido, hasta la llegada definitiva a San Francisco. Una especie de odisea decimonónica, un viaje en el tren del XIX que permite al viajero de hoy en día, tan acostumbrado a facturaciones, check-in online, pasaportes, aduanas, etc., asomarse a lo que en otro tiempo suponía una experiencia no solo de una fuerte carga emotiva sino también de un tipo de relación con la “comunidad viajante” hoy inexistente. A no ser que viajemos con el típico paquete turístico, rodeados de gente desconocida con un interés común; pero entonces la carga es otra.
La mirada de Stevenson es feroz, es lúcida. Crucé los Estados Unidos del siglo XIX con los ojos cerrados, con una ciega confianza en mi narrador, porque no se puede evitar la cercanía: Stevenson pertenece a nuestra época, aunque hayan pasado más de cien años. Consigue atraer mi atención por su sensibilidad, su percepción del viaje, del paisaje, del peregrinaje inherente al ser humano. La fiebre del oro; el cinismo británico; la sospecha anti-racista; la necesidad de narrar el viaje, de crearlo en la narración, como si no existiese sin narrarlo.
Como dicen por ahí: “¿viajar? no se viaja. el viaje tiene la forma del deseo.”
¿Quieren leer algunos párrafos?

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De “El desierto de Wyoming”

Por los extensos y estériles cañones pasaba el tren despertando con su ruido los ecos apacibles. Ese tren era lo único viviente en toda esa tierra fatal; era el único actor, el único espectáculo digno de ser observado en medio de esa parálisis del hombre y la naturaleza. Y cuando pienso cómo a través de esos desiertos sin agua, infestados por tribus salvajes, se logró llevar el ferrocarril, y ahora se transporta a un inmigrante desde la costa del Atlántico hasta la Puerta de Oro por unas doce libras; cómo en cada etapa de la construcción surgieron ciudades llenas de oro, pasiones y muerte, para luego desmoronarse lentamente y convertirse en apeaderos del desierto; cómo en esos sitios salvajes trabajaron piratas chinos al lado de rufianes de la frontera y pillos evadidos de Europa, entendiéndose unos a otros por medio de un dialecto extraño que se componía en su mayor parte de juramentos, jugando, bebiendo, peleando y asesinándose unos a otros como lobos; cómo el orgulloso heredero de toda América oyó, desde su último refugio, el alarido del “vagón de la mala medicina” que anunciaba la llegada de sus enemigos; y luego, cuando recuerdo que todo este épico alboroto se debió a los manejos de caballeros vestidos de etiqueta, con el propósito de lograr nada más que una fortuna y luego la consabida visita a París, me parece como si el ferrocarril fuera la única hazaña típica de la edad en que vivimos, como si este reuniera en un solo sitio todos los lugares del mundo y todas las clases sociales, ofreciendo así a algún escritor el tema más extenso y más variado para una obra literaria duradera. Si es aventura, si es contraste, si es heroísmo lo que queremos, ¿qué fue la ciudad de Troya comparada con esto? Mas, ¡ay!, no es eso lo necesario…, sólo a Homero se necesita.

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De “Compañeros de viaje”

En algunos grupos se relataban historietas, en otros prevalecía el silencio. En esa sociedad, más que en ninguna otra de las que formé parte, era solamente el narrador el que parecía gozar con su relato. Rara vez lo escuchaba nadie por escuchar. Si uno prestaba atención al relato de otro hombre, era sólo porque, a su vez, quería que el otro escuchara lo que él tenía que contar. La alimentación y la marcha del tren eran los temas que se discutían con mayor frecuencia; muchos, que no hablaban con nadie, tomaban parte en las conversaciones que versaban sobre estos temas. Un corrillo no tenía mejor ocupación que tratar de averiguar mi nombre, y cuanto más se esforzaban más me obstinaba yo en frustrar sus intentos. Me asaltaron con astutas preguntas e insidiosas ofertas de cartearse conmigo en el futuro, pero yo me mantuve constantemente en guardia y contrarresté sus acometidas riendo para mis adentros. Estoy seguro de que Dubuque me habría dado diez dólares a cambio del secreto. Si hubiese entendido la vida, se habría dado cuenta de que me debía mucho más por haber conservado para él algo de interés durante el viaje.

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8483074362Textos extraídos de De praderas y bosques. En busca de América. Robert L. Stevenson. Traducción de José Torroba. Barcelona: Península, 2002.
Presentación de Violeta Entrerríos.

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