Estoy bien, el mundo está bien (cómo se nota que no veo televisión). He pasado varios meses casi sola en la selva, en mi casa, con mis perros, sin luz, bañándome en el río, disfrutando del sol, leyendo, durmiendo, barriendo, cortando el pasto con machete, y algo cambió. Una planta sabia, administrada a la manera más popular (en botella de Concordia, sin maestros, siendo cuidada por una gran amiga de la floresta, a oscuras y a pleno monte, sin rollos cosmogónicos de ningún tipo) me ha hecho un poco más fuerte y, desde entonces, me elevo por encima de lo amargo con muchas más agallas. Soy otra. Ven cuando quieras. Te ofrezco mi casa, una mansión de troncos y hojas de palmera en un terreno de tres mil metros cuadrados, casa en altura al estilo nativo, cuartos con vista al río, playas, hamacas, perros, árboles frutales y maderables, orquídeas salvajes, en un pueblito sin agua ni luz de gente sonriente.

 

María Luisa del Río Labarthe (Lima, 1968); microrrelato extraído del libro Matadoras, nuevas narradoras peruanas (Lima, Estruendomudo, 2008).

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