Llega un punto en que la tierra endurecida por los talones del viajero y en el fondo molesta por su silencio, se esconde entre rocas negándose a dejarse pisar. Entonces es cuando ante unos ojos atónitos se dibujan las cordilleras glaciales de gesto en colaboración con los desmelenados días del otoño. Pero el viajero lanza un suspiro y emprende la ascensión. Ya no son sus talones sino la afilada punta de sus pies la que se hinca, hasta que viajero y tierra comprenden luego su mutuo error; quisieran satisfacerse. Y si algo les detiene es sola vanidad. -Vd. primero. -Oh, de ninguna manera, primero Vd. Sigilosamente viene la hierba a suavizar asperezas, luego, y a un mismo tiempo, mezcladas palabras y florecillas, hasta que por último en fácil pendiente abajo todo reingresa en la normalidad.

Vd. primero, Vd. primero… Se trata de coger al otro por la espalda, posición por muchos motivos ventajosa. Se puede cerrar la puerta dejando al adversario dentro. Es el caso del pintor que puesto ante su cuadro llegó al prodigio en esta insistente técnica. -Vd. primero,- consiguiendo que su modelo penetrara descuidadamente. Después ya no era cuestión sino de a rápido brochazo tapiar la salida. La gran dificultad surgió cuando trató de hacer su autorretrato, mas consiguió la fórmula. Ayudado por el silencio de una noche se coló él mismo dentro del lienzo y desde el otro lado cerró. Todo el universo quedó prendido en la ratonera. Murió, pero con él la pintura realista. Desenterrado años más tarde se pudo comprobar la existencia de una inscripción en la parte interna de la tapa de su ataúd: “Aquí yace el mundo entero de la pintura”. Había conseguido su autorretrato.

El que dude, antes de proseguir, debe llevar a cabo una sencilla experiencia. Tome un revólver cargado y como jugando aproxímeselo a la sien. Inmediatamente sentirá el anuncio de una próxima primavera y el licuarse de las piernas del mundo que se niegan a sostenerle. Si no dispone de razones en contrario dispare, dé paso a su masa encefálica, distribúyase como el sol al mediodía equitativamente, abandonando su orgullo de verticalidad. La dulzura que en torno se extiende no es comparable sino con las violetas que deja crecer una mano que se enfría. Una a una las banderas interiores irán saliendo, Paz, Paz, Paz.

Porque cuando el caos consiguió su primer esbozo de postura, hundido hasta los hombros en la levadura cenicienta y al sol se puso sin esfuerzo buscando una corteza protectora, todas las otras posibilidades incumplidas meditaron la venganza que se cumple día tras día. Basta considerar el espectáculo que nos da el cerebro humano donde quedó acechando un puñado de esa materia prima, informe hasta en latencia, y donde todas aquellas frustradas posibilidades se albergan y sostienen su derecho contra el vigente código de la naturaleza. Ahí está, ahí, el imposible físico que desdeñó el universo al limitarse. Se pone el hombre a mirar, por ejemplo, la corriente del agua y se siente irse, pero al mismo tiempo se siente llegar; ¿de dónde? Y se dice: Es preciso poseer la longitud plena, el antes y el después. En el fondo no es otra la lucha empeñada. Es preciso hacer regresar el mundo a su primitiva informidad para vivir en él a capricho, dosificar de modo variable tiempo y espacio, sometiéndolos a diferentes presiones mentales sin más asesor que el propio sentimiento del ritmo, libertándonos de esa triste velocidad que nos hace llegar tarde a todas partes. Es preciso anular la muerte de tan sencilla manera, llegando a tiempo y no quedándose en el andén perdido aliento.

Para caminar de dentro afuera se necesita haber hecho antes el camino contrario, de fuera adentro y viceversa; lo que aplicado a nuestra humana existencia nos demuestra que si en alguna parte somos, el tiempo no tiene realidad sino como respiración del espacio. El antes y el después son simples perspectivas parciales. En prueba de ello me asomo a un espejo, que evidentemente existía con anterioridad a mi impulso, y me encuentro en él y contemplo mi satisfacción al verme tenido en cuenta y hasta comentado por la materia prima que hemos dado en llamar insensible. Pero por mis personales sentidos, única verídica fuente de conocimiento, nunca me atrevería a afirmar mi inexistencia dentro del espejo antes de entonces. La simultaneidad que observo es meramente cerebral. A causa de la refracción aún no bien estudiada de ciertas materias brillantes hacia la eternidad, mi cerebro logra en aquel momento aislarse del tiempo, situándome en el preciso instante en que el cristal piensa en mí. De otro modo me vería obligado a admitir que siempre permanecía dentro del espejo, que ni a fumar salía jamás de él, que el espejo era el infinito donde se encuentran las líneas paralelas de la lluvia. Y cuando un espejo se hace añicos…

el poeta entra en escena como el zafiro sin pulir al llegar el alba montada en oro, en su asno de oro a puros dedos.

JUAN LARREA
Favorables París Poema, n. 2, octubre 1926.

juan larrea

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