Rev. clavelesDesde fines del siglo XVII hemos vivido el mito de la revolución como los hombres de las primeras generaciones cristianas vivieron el mito del Fin del Mundo y la inminente vuelta de Cristo. Confieso que, a medida que pasan los años, veo con más simpatía a la revuelta que a la revolución. La primera es espontánea y casi siempre legítimo levantamiento contra un poder injusto. El culto a la revolución es una de las expresiones de la desmesura moderna. Una desmesura que, en el fondo, es un acto de compensación por una debilidad íntima y una carencia. Le pedimos a la revolución lo que los antiguos a las religiones: salvación, paraíso. Nuestra época despobló el cielo de dioses y ángeles pero heredó del cristianismo la antigua promesa de cambiar al hombre. Desde el siglo XVII se pensó que ese cambio consistiría en una tarea sobrehumana aunque no sobrenatural: la transformación revolucionaria de la sociedad. Esa transformación haría otros a los hombres, como la antigua gracia. El fracaso de las revoluciones del siglo XX ha sido inmenso y está a la vista. Tal vez la edad moderna ha cometido una terrible confusión: quiso hacer de la política una ciencia universal. Se creyó que la revolución, convertida en ciencia universal, sería la llave de la historia, el sésamo que abriría las puertas de la cárcel en que los hombres han vivido desde sus orígenes. Ahora sabemos que esa llave no ha abierto ninguna prisión: ha cerrado muchas.

Octavio Paz, Tiempo nublado, 1983

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¿Y la del cartel? ¿También fue fallida?

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