Se le encontró tendido en el suelo. Nadie le había echado de menos. Nadie le buscaba. Una anciana le encontró. Por decirlo así. Sucedió hace tanto tiempo. Deambulaba en busca de flores silvestres. Amarillas solamente. Con ojos sólo para éstas tropezó con él tendido allí. Yacía boca abajo y con los abrazos extendidos. Llevaba abrigo a pesar de la época del año. Oculta por el cuerpo una larga fila de botones lo abrochaba de arriba a abajo. Botones de todas las formas y tamaños. De pie los faldones rozarían el suelo. Esto parece encajar. Cerca de la cabeza un sombrero arrugado yacía en el suelo. A la vez sobre el ala y la copa. Yacía inadvertido gracias al abrigo verdoso. Para llamar la atención a alguien que observase desde lejos sólo aparecía la cabeza blanca. ¿Le había visto ella antes en algún sitio? ¿De pie en algún sitio antes? No tan aprisa. Ella vestía toda de negro. El borde de su larga falda negra rozaba la hierba. Era el final del día. Si ahora se moviera hacia el Este su sombra la precedería. Una larga sombra negra. Era la época de parir las ovejas. Pero no había corderos. No veía ninguno. Si por casualidad una tercera persona pasara por allí vería únicamente sus dos cuerpos. Primero el de la anciana de pie. Después acercándose el otro tendido en el suelo. Esto parece encajar. Los campos desiertos, la anciana toda enlutada inmóvil. El cuerpo inmóvil en el suelo. Amarillo al final del brazo negro. El pelo blanco sobre la hierba. El Este hundiéndose en la noche. No tan aprisa. El tiempo. Cielo nublado todo el día hasta el atardecer. Por fin salió el sol cerca del límite Oeste-Norte-Oeste. ¿Lluvia? Unas gotitas si queréis. Unas gotitas por la mañana si queréis. De momento para concluir. Sucedió hace tanto tiempo. Recluida en casa todo el día sale con el sol. Se apresura para llegar al campo. Deambula febrilmente en busca de flores silvestres sorprendida de no haber encontrado a nadie por el camino. Dándose cuenta febrilmente de la inminencia de la noche. Observa con sorpresa la ausencia de corderos que suele haber por aquí en gran cantidad en esta época del año. Lleva el luto que se puso cuando enviudó de joven. Deambula en busca de las flores que él había amado para reponerlas en su tumba. Pero no habría ninguna a no ser por la necesidad de amarillo al final del brazo negro. Por lo tanto sólo hay las menos posibles. Esta es su tercera sorpresa desde que salió. Ya que suelen crecer por aquí en abundancia en esta época del año. Su vieja amiga su sombra la molesta. Hasta tal punto que se vuelve hacia el sol. Coge inclinándose de costado cualquier flor a lo largo del camino. Ansía el final del ocaso para deambular libremente en el resplandor crepuscular. El susurro familiar de su larga falda negra sobre la hierba aumenta más su angustia. Se mueve con los ojos entreabiertos como atraída por el resplandor. Quizá se diga a sí misma son demasiadas cosas para una sola tarde de marzo o abril. Nadie a la vista. Ni un solo cordero. Casi ninguna flor. Sombra y susurro molestos. Y por si esto fuera poco el susto de tropezar con un cuerpo. Casualidad. Nadie la había echado de menos. Nadie le buscaba. El negro y el verde de sus ropas tocándose ahora. Cerca de la cabeza blanca el amarillo de las pocas flores arrancadas. La vieja cara iluminada por el sol. Tableau vivant si queréis. A su modo. De ahora en adelante todo está en silencio. En tanto ella no se mueva. El sol desaparece al fin y con él toda sombra. Toda sombra aquí. Lento desvanecerse de ocaso. Noche sin luna ni estrellas. Todo esto parece encajar. Pero no hablemos más de ello.

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Traducción de Antonia Rodríguez-Gago.

“One Evening” se publicó en el Journal of Beckett Studies, en otoño de 1980, nº6, pp. 7-8. Fue traducido con autorización del autor, en 1982, para la revista Libros; posteriormente se publicó en Primer Acto y la última vez en República de las Letras, en un número especial con ocasión del centenario de Beckett, en 2006.

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