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Sostenidos en los brazos de una matrona, dos recién nacidos, Nsabimana y Mukanzabonimpa, nos observan desde el centro de una fotografía en blanco y negro donde también aparecen sus madres, dos jóvenes de mirada centenaria, rodeadas por una abuela y decenas de otros jóvenes, habitantes todos de uno de esos limbos jurídicos y humanos, más bien purgatorios terrenales, a los que llamamos campos de refugiados. Lo único que parece estar en su lugar, arraigado con firmeza a la tierra y desprovisto de incertidumbre, es el árbol bajo cuya copa se apuestan la matrona, las madres y la abuela que rodearon el nacimiento de Nsabimana y Mukanzabonimpa. Gracias a Fazal Sheikh podemos aproximarnos a ellos, o dejar que ellos nos interpelen, conociendo sus nombres en su idioma original, y aprendiendo además el significado de esos nombres: “Yo pido algo a Dios” y “Dios proveerá, pero no sé cuándo”.

Si las grandes desigualdades que distancian al Norte y al Sur, y que asolan el interior de cada país del Norte y del Sur, hacen que las víctimas o los excluidos muy pocas veces sean quienes fotografían, escriben o describen al público sobre su propia vida, sobre sus avatares y su dolor, en la fotografía de Fazal Sheikh (Nueva York, 1965), es posible ver cómo sí es posible trascender esa distancia sin usurpar la voz de las víctimas ni convertirlas en una mera imagen impactante y artística para un consumo cotidiano de tragedias y sensibilización que muchas veces no deja de ser un consumo de usar y tirar en cuanto hemos salido de las (malas) noticias del telediario o de una sala de exposiciones sobre “los otros”. La obra de Sheikh, de una manera delicada y valiente, nos empuja a encontrar, y aprender, eso que Reyes Mate y José María Mardones han denominado “la ética ante las víctimas”. Esto no sólo radica en el hecho de que las personas que retrata sean recordadas por sus nombres y una imagen poderosa; ni tan solo por la dignidad y la luz de luna que hace brillar (literalmente en algunos casos) sobre cada una de ellas; sino, en particular, porque cede espacio amplio para que éstas tomen la palabra, de tal modo que las muestras y libros fotográficos de Sheikh se convierten en diálogos simétricos donde fluye una conversación bastante íntima en la que el fotógrafo y las personas retratadas nos ofrecen sus historias, sus perspectivas de la vida y de la situación que están atravesando, para mostrar al ser humano, sea en medio de los que ya parecen eternos campos de refugiados (y del terror) en Sudán, Kenia o Pakistán; en las calles destrozadas de Kabul; en las mujeres desposeídas que no cesan de aguardar el consuelo divino o la justicia humana en la India; en los campesinos sin tierra del Grâo Sertâo de Brasil; o sea a través de los sueños de una refugiada somalí en Europa. La obra de Sheikh también ofrece espacio a las fotografías de otros, como las de Ridzwanul Haq, retratista de Jalalabad que había visto destrozado su local por la ira talibán que consideraba que la fotografía es un demonio que distrae la atención que se debe prestar a Dios; o a los dibujos que ancianos y niños afganos han hecho de lo que les toca vivir en el día a día; el relato de los colores propicios de las flores que hacen los sin tierra del nordeste brasileño; o a otro tipo de testimonios, como la extensa carta de una refugiada afgana a su familia, que se convierte en una carta para todos los hombres y mujeres que podemos estar observando acostumbrados y distantes el horror que flagela aquel país milenario, y en especial a sus mujeres.

El diálogo que nos propone Sheikh, tan pleno de respeto, de memoria, y no pocas veces de una inmensa belleza, toca. En una serie de fotografías de pequeñas niñas hindúes abandonadas por sus familias (Kamlesh, Kavita, Lila y Rodi), el brillo de sus pupilas retrata con nitidez al fotógrafo en el momento preciso en que su lente las retrata a ellas, creando un reflejo que trasciende el tiempo, la distancia y el papel fotográfico hasta alcanzarnos.

Texto: Karina Pacheco Medrano

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Las fotografías de Fazal Sheikh se están exponiendo en la Fundación MAPFRE (Avda. General Perón, 40, Madrid), del 2 de abril al 31 de mayo de 2009.


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