¿Dónde están los límites de la tradición? ¿Y del arte? Lo que aquí es aberración allí es costumbre, lo que allí es costumbre aquí es aberración. Nada tan evidente como comparar culturas. Para ello les dejamos una columnita de este 17 de abril, escrita por Manuel Saco en Público.  

“El cartel parecía prometedor. Eran las cinco en punto de la tarde y la plaza rebosaba de gente alegre, dispuesta a entregar todos sus sentidos, a dejarse llevar por la emoción racial y primitiva de su fiesta nacional. El tendido del siete aguzaba la vista y afilaba la lengua, haciendo valer su condición de tribunal inquisidor que jamás perdona al maestro ni un desmayo, ni un fallo, extremadamente exigente con la composición de la figura que envolvía el traje de luces, rosa y oro, del maestro.

Del exterior de la plaza todavía llegaban los ecos de la acostumbrada manifestación de opositores a la fiesta, del griterío y las pancartas de los que consideraban aquella ceremonia de sangre un rito bárbaro, por mucho que lo vistieran de tradición, de sagrada tradición.
Pero los que habían pagado sus entradas sabían que las tradiciones, cuando alcanzan la categoría de arte, no pueden ser observadas cicateramente bajo la óptica de la razón. El arte es un sentimiento del que tan solo el corazón entiende.

Aquella era una tarde muy especial. El valiente maestro se iba a encerrar en la arena con seis vírgenes, seis, para celebrar la tradición más querida por su pueblo, la fiesta de la ablación, una liturgia heredada de sus antepasados, con siglos de historia, que ni los Papas ni sus amenazas de excomunión habían logrado extirpar. Seis vírgenes, seis, con las que el maestro demostraría su valor, su arte y destreza con la cuchilla de afeitar, y a las que con suerte les cortaría el clítoris, si la presidencia tenía a bien concederle tal honor.

Suenan las trompetas. Sale la primera virgen, asustada, cegada por el sol. El maestro la derriba sobre el albero con una bellísima zancadilla. El público grita olé. Da su aprobación el siempre sabio tendido del siete. El sol arranca brillos amenazadores a la cuchilla volandera. La plaza enmudece. Un grito. Sangre a borbotones. El público delira de felicidad. Y así, una tras otra, todas distintas, unas con trapío, otras mansas, alguna traicionera, dispuesta a morder y clavarle las uñas al maestro al menor descuido.

Una vez terminada la faena, saludó al respetable y salió a hombros por la puerta grande, empañados los ojos por la emoción del triunfo. Había sido, en verdad, una tarde memorable.”

Agradecimientos a quien nos lo descubrió.

 

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