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Uno de los misterios de la música es no conseguir explicar racionalmente las sensaciones que produce. Sucede que de repente usted escucha una melodía y empieza a movérsele algo por dentro, empieza la euforia o la pena, según toque. Las músicas más populares, las músicas de raíz, quizá por ser las más auténticas o las más espontáneas, consiguen arrancar emociones inesperadas, y mucho más aún cuando se escuchan en directo.

Piensen, por ejemplo, en el fado portugués y piensen, por ejemplo, en una tarde de domingo en el barrio de Graça de Lisboa, donde existe una pequeña taberna, la Tasca do Jaime (Rua da Graça, 91), en la que los propios camareros tocan y cantan fado mientras corren el vinho verde y las croquetas de bacalao. Allí no hace falta cerrar los ojos para verse atrapado por la potencia de la voz de los fadistas, ni contagiado de su dolor cuando descargan toda su pena en la melodía que marca la guitarra potuguesa. Breves pero muy intensos, los fados concentran en una sencilla estructura rítmica toda la melancolía y el despecho que deja el desamor (su razón principal). A la fuerza del fadista en este caso súmenle la expresión de su cara, ya que la corta distancia entre el público y los cantantes obliga casi al cruce directo de miradas. Entonces, la música ha hecho su efecto.

Esto, sin embargo, no ocurre en un auditorio. Piensen, por ejemplo y para no salir de Lisboa, en el Grande Auditorio de la Culturgest, en un miércoles por la noche en que, también por ejemplo, tengan la suerte de escuchar a Aldina Duarte, una de las fadistas más conocidas y a la vez menos comerciales de la actualidad. La seriedad de su puesta en escena consigue darle una llamativa elegancia a un estilo de fado que conserva toda la esencia de la tradición. Ni siquiera intenta nuevas combinaciones para triunfar. Se basta con la increíble guitarra portuguesa de José Manuel Neto, la viola de Carlos Manuel Proença y su voz. La perfecta complicidad entre los tres vuelve a atraparle, a contagiarle de tanto sentimiento que es difícil incluso que no le duela como propio. Entonces, una vez más, la música ha hecho su efecto y puede volver satisfecho a casa.

Texto: Lía Rebolo
Imagen: O fado. Azulejo de Sintra

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