Una chica echa un polvo y se enamora. Después se va. Los días sucesivos no piensa en otra cosa. No es capaz de leer dos líneas seguidas sin que le venga a la cabeza. No hay más suerte con las películas, no retiene lo que ve, ni siquiera lo ve. Fuma, fuma. Sale y pasea. Ríe sola, se sonríe sin parar. Tiene una energía rotunda y poderosa que estaba en proceso de inminente explosión cuando se lo encontró.

Antes de esto había vivido una semana de intuiciones, ocho días de deseos y proyecciones en color. No podía evitarlo. La cabeza se iba, volvía, movía las bases de lo que había construido sobre una tranquilidad algo ermitaña. La cabeza se le iba, más bien la tripa. La tripa y ese gusano que anda suelto.

Y ella se iba. Y piensa y piensa. Y sonríe y sonríe. También se toca y se toca con la representación que ha decidido otorgarle al encuentro. Trasladando y pensando exclusivamente esa noche. Lo ve. Consigue reproducirse la secuencia con gran nitidez. Está muy cerca, no en el tiempo sino en la tripa. De nuevo la tripa.

Ha empezado también a imaginarse escenas con él. Dos o tres panorámicas copan la mayor parte de su elección ficcional. Él viene a verla, primero le escribe un mensaje y al día siguiente está aquí. Aquí los dos lo pasan tan bien como ella se diagnostica insistente. En la última imagen (no en el tiempo, tampoco sólo en la tripa) recrea escenas de sexo. Lo ve con ella, tocándola muy bien, agarrándola, acompañándola y sosteniéndola con seguridad.

Empieza a asustarse. Si sólo usara ese otro cuerpo para el ejercicio de la sensualidad no habría motivo de alarma, pero imagina viñetas que tal vez no deban escribirse. Tienen que estar vacías, inmaculadas y dispuestas.

Ha tenido que levantarse y buscar inquieta un cigarro. Parar, pensar, agarrar y transformar de nuevo. Ahora ha vuelto.

Asusta que nada puede ser como el deseo.

HELENA DE LLANOS

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