Según voces autorizadas, la historia oficial del crucigrama comienza en 1913, cuando Arthur Wynne publica en el suplemento dominical del New York World la primera parrilla de word-cross puzzle. En la década de 1920 el juego se populariza y se produce el (a)salto a Europa. En 1940, Ediciones Patria imprime un «pequeño libro volandero» que «sale a la calle, al encuentro del público, en la hora plena de los crucigramas». En ese momento la editorial ya tenía en prensa Ángeles de Compostela y andaba imprimiendo cuentos y novelas de Samuel Ros o Alfredo Marqueríe. Los editores justifican la publicación del folleto como parte de su tributo al enriquecimiento cultural de nuestro país, en un momento en que «todo un mundo de inquietud espiritual ha entrado en acción»:

Ríos incógnitos perdidos en remotos países han sido identificados sobre minuciosos mapas. Reyes milenarios han visto resucitada su dinastía a lo largo de la vertical o la horizontal del crucigrama. Nada es imposible para este apasionado afán de saberlo todo que los españoles han puesto en la solución de las palabras cruzadas.

El librito -impreso en un papel modesto «a propósito para este fin, ya que sobre él marca mejor la mina de lápiz»- se presenta, pues, como alimento espiritual para los lectores, e incluye muestras inéditas de los grandes maestros de aquellos años, colaboradores habituales en revistas y diarios como Mío Cid, Alcázar o Arriba. Son circulares, semicirculares, en forma de cruz, de copa o de reloj de arena; las casillas negras, a veces puntos o rombos, forman cenefas y curiosas simetrías. En ocasiones la disposición del damero admite palabras muy largas: así, «Rey de Nínive y vencedor de Fraortes», de trece letras, las mismas que «En Geometría» y «Perito del Derecho».

Por el contenido, aquí y allá, caben diversas modalidades, algunas rigurosamente literarias: sucede así con ciertos crucigramas temáticos. En una variante de este tipo de rompecabezas (cuya invención debemos, por cierto, al traductor y poeta E. P. Mathers, Torquemada en el universo cuadricular) se especializó el valenciano M. Roig (1901-1975), que llevó las ideas del maestro inquisidor a sus últimas consecuencias.

Roig ofrece en este libro, bajo seudónimo, una temprana muestra de su talento. El autor levantino se propuso construir pequeñas miniaturas, quince por quince, de los grandes clásicos de la literatura universal. Si bien las definiciones no hacen presagiar nada concreto, el lector que resuelva el laberinto de letras comprenderá, tras un examen final de las líneas horizontales y verticales, que todas las palabras se encuentran conectadas entre sí. «Ciudad de la luz», que parecía aludir a París, no era sino un disfraz de Paris; «Se armó la de…, se organizó un gran jaleo» designaba, claro está, a Troya; el «patrón monetario» era, por supuesto, un talón que, de pronto -y el lector-detective abre la boca-, adquiere dimensiones mitológicas.

La Ilíada, la Odisea, la Divina comedia o el Quijote («Parte de la armadura antigua que resguardaba la cabeza y el rostro»: yelmo; «Dicho de una bestia: de color pardo claro, blanquecino o canoso»: rucio) son solamente algunos ejemplos. «No renuncio», afirmó Roig en una entrevista publicada en ABC, «a construir un crucigrama perfecto que, leído de izquierda a derecha y de arriba abajo, horizontal y verticalmente, dé lugar a una frase, a una sola frase larga y coherente que constituya por sí misma, sin apoyos ni trampas, un relato». No consta que lo lograse; el propósito era, en todo caso, más teórico (borgiano) que realizable.

Completan el volumen de Ediciones Patria unas cuantas charadas y algunos jeroglíficos.

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Este texto de Pablo Moíño Sánchez fue publicado el 30 de mayo de 2008 en la revista electrónica Rinconete. Y no ha sido el único. Si se dejan caer entre sus archivos, encontrarán otras curiosidades del estilo.

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