Somos una consecuencia de nuestro pasado. No tengo muchas dudas sobre este punto. El problema viene cuando de aquí se derivan lecturas dudables a partir de interpretaciones más o menos tramposas. Yo no sería así si; yo habría hecho otra cosa si; ¿acaso importe? Porque, ya puestos, por qué no me pregunto qué habría hecho si hubiera sido una tabla de planchar, si habría eso modificado en algo mi poco atribulada existencia, si habría estado cerca de más mujeres. Y, pregunta central, si habría llegado a notar una temperatura corporal mayor que cuando tuve contacto con el otro sexo bajo un aspecto de humano.

Nada más bello que una ducha caliente después de hacer el amor. Ahhhhh, sí. Después de probarlo por primera vez, siguieron muchas otras en las que no conseguía conciliar el sueño si no me daba una buena ducha, con muchos vapores. El origen está en el origen mismo. La primera vez que me acosté con una mujer estaba en un puticlub con un amigo del barrio y la mujer en cuestión me obligó a pasar por la bañera. Ella misma se encargó de que me frotara bien -el agua bien caliente para evitar cualquier asomo ocasional de bacterias y bichitos varios- y de restregarme a continuación una toalla áspera por todo el cuerpo. El placer que experimenté aquel rato con esa mujer fue muy superior a lo que vino después. La cuestión está en que después de lo que vino después yo tenía ganas de otra. Así que le pregunté a la mujer si no le importaba darme otra ducha. Al principio no entendió lo que yo necesitaba: que ella me duchara, que me asistiera en esa particular ceremonia en la que sin pensarlo mucho me estaba iniciando. Después de aceptar un billete de cincuenta euros (la necesidad, del tipo que sea, puede alcanzar cotas insospechadas) aceptó el trabajo que le estaba solicitando y volvimos al baño.

Yo ya estaba desnudo con lo cual pudimos ahorrarnos los pasos introductorios. Me metí en la bañera y esperé. Ella agarró el teléfono de la ducha y abrió el grifo, sólo el del agua caliente. Comprobó la temperatura con la mano que le quedaba libre y me agarró la muñeca con tierna decisión. Entonces orientó el agua hacia la altura de la muñeca, concretamente a mis genitales, y acercó el aparato lo suficiente para que yo notara una agradable presión en la parte baja de los mismos. Recuerdo que -en parte por lo inesperado en parte por lo humillante en parte por lo doloroso- me incliné un poco para cubrirme o defenderme de tan severa actitud. Poco después ella alejó la ducha unos veinte centímetros y empezó a moverla en círculos o espirales, no podría precisar. Si Dios existe o -mejor- existió, tuvo que probarlo alguna vez, no me cabe duda. Después de esto mi amiga cerró el grifo y cogió otra toalla seca de un armario. Esta vez los restregones me causaron unas temporales ronchas rojizas que de seguro eran tan llamativas por gracia del agua a 60 grados. Quedé exhausto, extenuado, extendido en la cama, extrañado. Extraño.

Desde aquella primera vez algo hay de urgencia en mis relaciones sexuales. Durante las distintas etapas del encuentro me dedico a imaginar qué tal será la ducha después, cómo me frotará el cuerpo esta mujer. Pero antes, ¿accederá a ducharme?, ¿le agradará la idea?, ¿lo hará sólo por esa estúpida sumisión que relega a muchas mujeres a un plano necesariamente inferior? ¿Cómo usará sus manos? ¿Me agarrará con fuerza? No consigo pensar en otra cosa. No consigo no pensar. El resultado de esta contingencia no siempre me es favorable. Hasta la fecha, varias mujeres no satisfechas durante la fase previa a la ducha no quisieron después acompañarme al baño, interpreto que ofendidas por mi falta de generosidad y mi manifiesta indiferencia hacia sus necesidades más inmediatas.

A veces pienso que debería ir a ver a un médico o a un amigo o al cura que me dio la primera comunión. Otras veces pienso que bastaría contratar a una mujer que, por una cantidad previamente acordada, decidiera pasar dos ratos a la semana en mi cuarto de baño, en una mano la ducha y la otra libre para ayudarme.

HELENA DE LLANOS

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