Tras haber vagado en la oscuridad durante horas, el efecto del sol en la piel se hacía extraño, aunque fuera a través de otra de carnero y no de la suya propia. Y la misma mano que un instante antes permitió su salida y la de los suyos, pronto comprendería el engaño, y no entonaría dulces cantos, sino bélicas injurias materializadas en lápidas del tamaño de un monte. Por ello había que alejarse, dejarlo atrás, no volver los ojos que iban a ser degollados y no lo fueron porque él renunció a ser quien era, y no mintió al ser preguntado por su identidad, sino que la rechazó, la apartó de sí como luego apartaría aquella suave piel de carnero, porque sabía que sólo de ese modo lograría salvar la vida, la misma que había arriesgado en incontables ocasiones y que sólo la astucia, por encima del valor y del coraje que se le suponían, logró que saliera victorioso de antiguas guerras a lomos de un caballo de madera.

Ya el barco se divisaba al rítmico compás del rebaño improvisado, y con él la esperanza de navegar hacia la libertad. Si todo salía como estaba previsto, él y los suyos embarcarían y darían la espalda a la noche más oscura de sus vidas, tratando de olvidar los horrores inenarrables que sufrieron, los rostros de otros que no tuvieron tanta suerte y que ahora yacían con los olvidados, los que nunca más verían el horizonte salado y que, como él ahora, no volverían a sentir la caricia luminosa de un nuevo día. Justo ahora, antes de que el engaño fuera descubierto, justo cuando más lejos y más cerca se encontraba de su salvación, supo que la tempestad se acercaba. Y el capitán Nadie tuvo miedo, porque sabía, como buen marino, que la sola astucia no podría con tan malos vientos. Por ello, se encomendó a su diosa y siguió caminando, sin detenerse, sin perder la esperanza, que era lo único que le quedaba tras haber perdido incluso su nombre.

Ignacio Muñoz

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