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Maestro y discípulo. Inevitable comparar.

Nos cuenta Nooteboom que Aert de Gelder, el último y quizá el más fiel discípulo de Rembrandt, no se preocupó nunca por deshacerse de la influencia de su maestro. Más bien la explotó hasta el final.

Nooteboom asiste a una exposición, un diálogo entre ambos pintores. Nos lleva con él hasta ella y se pregunta, al observar a De Gelder, «dónde está esa aura de misterio de algunos de los cuadros de Rembrandt, eso que los hace diferentes, que les da un aire místico y que hace que puedas contemplarlos cien veces, como sucede con Vermeer, sin comprender nunca plenamente lo que desatan en tu interior». ¿Qué le falta a De Gelder?, ¿asumiremos que era un simple imitador, que no llega a la esencia de Rembrandt, que no era un genio como él?

Pero entonces la risa. De Gelder se ríe en uno de sus autorretratos. En la exposición han tenido el acierto de situar al joven De Gelder junto a un ya anciano Rembrandt, en uno de sus últimos autorretratos. Un diálogo entre pintores, y la sonrisa que exhiben.

Y ahora el mito. Ambos se representan evocando a Zeuxis: «pintor de la antigüedad, de quien se decía que murió de un ataque de risa mientras retrataba a una mujer vieja y fea». La pintura, la risa, el retrato.

Pero ni De Gelder, joven, ni Rembrandt, viejo, se mueren de risa. Sonríen nomás. Una sonrisa irónica que pesa tanto como el mismo lienzo.

¿Influencia?, ¿falta de personalidad, de genialidad?

«Más bien se percibe entre esos dos hombres un pacto secreto, una fraternidad irónica, como si para ellos no contara todo cuanto tiene valor en el mundo exterior.»

Un mundo exterior que impone o fija el peso de los maestros. Un «canon occidental» sobre la angustia de las influencias. Como si la influencia pudiese reducirse a las variaciones de uno sobre la genialidad del anterior. No hay influencia, sino diálogo. Hay sonrisa irónica. Maestro y discípulo se sonríen, conocen una verdad que desconocemos. Y el discípulo, durante los cincuenta años que sobrevive al maestro, persigue los mismos temas, reproduce una y otra vez los grabados de su maestro. Es perseverante e indiferente a la realidad externa, al mundo que decide la moda, que «progresa» y «avanza».

Ya no es posible la comparación. No cabe. No se trata de eso.

Aert de Gelder comprende algo que nosotros no entendemos. Su genialidad radica en su seguridad. No necesita más. Y con esa sonrisa de juventud, con la tranquilidad de saberse receptor real de la verdad de su maestro, sigue pintando. «Esa risa en su autorretrato es un presagio del placer que le procuraría la pintura durante toda su vida.»

Por último: la distancia. La sonrisa irónica y la propia pintura: ambas crean distancia. Observamos con distancia. Ahora leyendo estas palabras (doble distancia), en el museo mirando la pintura. La pintura como distancia reveladora: nos separa de ese mundo y sin embargo nos acerca a él. Sin la pintura nunca nos asomaríamos a ese mundo; con ella sentimos ese especial disfrute de ver algo, de admirarlo, sin poder apresarlo. El ansia por tener acaba con el gozo; así el gozo máximo debe detenerse en observar y en intentar entender.

¿De qué sirve comparar si podemos admirar a un discípulo que comprende de verdad a su maestro?

El discípulo rehace desde su distancia, desde su visión. Por eso es discípulo.

(pintura: Rembrandt; texto: v.e)

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