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TOMÁS SEGOVIA

te has quedado dormida,
por fin abandonada a tu hermosura.
tu piel se empapa de esta sombra
donde anegada yaces
con el gesto distante que te da la dulzura.
huyes, huyes de mí,
me dejas solo inesperadamente,
cercado por la sombra inconmovible,
ante esta virginal pureza insospechada
que te invade dormida
mientras yo te sonrío y te sonrío
desde el fondo de mi silencio,
porque verte dormida es verte más desnuda
y me avergüenzo de haber sorprendido
esta inmensa inocencia que tú ignoras.

[13.5.51]

HUDA BARAKAT[1]. LA LUZ DE LA PASIÓN.

Era más fuerte que yo y me sobrepasaba. Eran inútiles todos mis miembros, toda la extensión de mi piel. Tendido hacia ella, perdido, sin fuerzas, arruinado antes de abrazarla, extenuado, agotado, me bastaba aspirar el calor de su hombro desnudo llenándome todo el cuerpo gota a gota desde las plantas de los pies, sin saciarme, sin saciarme. Entonces ella abría la manta y me tomaba.

A veces se dormía, y yo descansaba porque se olvidaba de mí y me dejaba solo. Me tumbaba de lado y respiraba cerca de su boca para tomar el aire que exhalaba, un aire impregnado de su cuerpo y purificado por su sangre […] No hacía el menor movimiento para que ella se durmiera a mi lado dejándome solo […] Sólo percibía la certeza de que era un ser separado de mí, otro cuerpo que obedecía a una voluntad distinta. De este modo, un día se dirigiría a una dirección desconocida e inimaginable para mí […] En algún momento, cuando la veía dormir en la terraza de la escuela, hubiera querido gritar: «¡Madre mía!» Me habría gustado despertarla y vestirla y preguntarle adónde iría. ¿En qué dirección te encaminarás para no regresar?

Recordaba que era una mujer, y aquel hecho me maravillaba. Me sorprendía que ella tuviera un cuerpo que no fuera el mío, que no se le pareciera y cuyas características no correspondieran a las mías…

***

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Qué cosa esta del hombre, desear a la mujer de esa manera. Claro que otras mujeres sentirán parecido hacia el hombre. Pero me sorprende haber leído dos textos sobre esta idea, tan similar, durante la misma semana. Y reflexiono, claro. Porque últimamente estoy pensando mucho en mí, en yo, en la persona. Y leyendo a Nietzsche, claro, todo son dudas, todo son mentiras. Hay que acudir al origen del origen, al presupuesto más básico, y destruirlo: es la famosa genealogía, la autosupresión de la moral, el lenguaje metafórico. Mentiras, mentiras.

Entonces ahí están la mujer y el hombre, en el origen del origen. Y cómo sucede después. Nietzsche vuelve de nuevo: la voluntad de poder. El ser humano se impone unos valores morales, ¿para qué? Porque su conducta responde siempre, en el fondo, a la voluntad de poder: los valores se crean para explicar un cierto caos inicial y con el miedo que inspira la moral el más fuerte puede dominar al débil; la voluntad de poder es la que mueve al ser humano siempre, desde que comenzó a olvidar que su lenguaje para nombrar el mundo estaba construido sólo de metáforas, de mentiras que ayudaban a comprenderlo. Se olvidó de eso y con eso se olvidó de su esencia, que en todo caso nunca podría ser nombrada: la cosa en sí de Kant, inalcanzable. Y no porque yo haya leído a Kant, ni a Hegel -no los he leído-, pero creo que también todo esto tiene que ver con la fenomenología: con la verdad, que nunca aprehenderemos.

Pero entonces estábamos con el hombre y la mujer, y cómo mediante la llamada voluntad de poder el hombre se impone ante la mujer. Cierto, porque es más fuerte. Y como dicen algunos antropólogos, porque en verdad el hombre tuvo miedo: sólo él elegía cuándo expulsar líquido de su cuerpo. La mujer no elegía, obedecía a la naturaleza. ¿Cómo no asustarse ante ello? Yo diría que ese miedo surge antes del miedo ante la mujer dormida, en estos textos.

Hay entonces una conexión entre la mujer y la naturaleza, pensó el hombre, una conexión «extra». Sin embargo, él se daba perfecta cuenta de quién era superior, quién tenía más capacidad para cazar, quién era más fuerte. Quizá no con mucha convicción, pero se impuso; o eso nos hizo creer. Me imagino que la mujer también contribuyó a ese pacto, que indudablemente fue tácito; al fin y al cabo, no se daba cuenta de lo que perdía, no entendió el problema futuro en toda su dimensión. Imposible que comprendiese el daño que hacen ahora ciertas formas de feminismo, la misma palabra «feminismo» y la «igualdad» que parece defender.

Como he dicho que iremos al origen, vayamos al origen. Dicen algunas feministas: que la anhelada igualdad no significa o no persigue ser idénticas a los hombres, entrar en el mundo que ellos han creado y establecido, pasar desapercibidas, aspirar a una determinada androginia que nos haga iguales. El argumento es muy válido. Pero también se inserta en los presupuestos que voy a llamar adánicos: cierta lucha, cierto temor, cierta defensa ante el otro sexo. Ese es el origen del conflicto.

Pudo suceder al revés, pudo suceder que la mujer impusiese su orden, o crease sus reglas, o estableciese sus presupuestos, como efectivamente ha sucedido en algunas sociedades. Contingencias; o quizá no. He oído que ciertas tribus tibetanas son así, matriarcales, pero como mujer occidental desconfío, claro.

Y entonces el presupuesto es el mismo: anhelamos ahora hacernos con el poder o, al menos, reivindicar cierta igualdad dentro del canon del poder. Pero saltemos del poder al lenguaje, otro tema delicado. Ya sabemos que nuestro lenguaje se compone de metáforas olvidadas, las que surgieron un día como provisionales para nombrar «cosas», para que el ser humano en sociedad pudiese expresarse. Ese lenguaje hoy existe fosilizado [Nietzsche], pero al mismo tiempo nos configura, dándonos nuestra identidad. ¿Dónde podemos situar el «machismo del lenguaje»? El lenguaje ya es un problema en sí mismo y en su relación con la «realidad». ¿Cambiaría algo de nuestra identidad decir «la ser humana»?, ¿no sería, al fin y al cabo, una metáfora más que impide fatalmente la comprensión plena de nuestra propia esencia?[2]

Nos encontramos ante un problema mucho más grave. Y no queramos coger protagonismo. Quizá el hombre posee el poder, quizá él construyó el mundo; pero también nosotras tenemos poder y también construimos el mundo. La razón es obvia: si no, no existiría.

Y ahora entran los textos citados. Ese es el poder de la mujer sobre el hombre. Y también del hombre sobre la mujer. Se trata en realidad de cierta curiosidad, de la extraña maravilla de ser tan parecidos y tan diferentes, de tenernos al lado, y sin embargo estar separados, cada uno dentro de sí, o fuera, o lo que quiera que signifique «lo interior», el pensamiento, el sentimiento, la conciencia de una misma. Nunca llegaremos a comprender la esencia del otro, ni la de nosotras mismas. Ese es el verdadero drama.

Taylor dice: si existe la filosofía, si la tradición occidental no ha parado de preguntarse por el ser, por la identidad, eso significa que en el fondo, pese a todo, no sabemos quiénes somos.


[1] La autora es mujer, libanesa.

[2] Y no me ahorraré recordar que Nietzsche utilizó la palabra Übermensch, después traducida generalmente al castellano como superhombre, mientras que la forma alemana Mensch suele traducirse como persona, porque para decir hombre existe la forma Mann. Si siempre tradujésemos Mensch como hombre entonces la forma para designar la palabra nadie, kein Mensch, significaría literalmente ningún hombre. Esta sería otra terrible traición machista del lenguaje. ¿Qué hispanohablante tradujo por primera vez a Nietzsche? Él es el origen del origen de mi desazón.

(cuadro: egon schiele)
(texto: v.e)
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