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LA DEL CUARTO

Daniela solía interpretar como un signo de mala suerte ver el tren que se iba justo cuando ella llegaba al andén. Presagiaba, según ella, un mal día a las puertas. Las puertas, precisamente, que se le cerraban en la cara.

La cantidad de ruido emitida por el ascensor sólo era mitigada por una molesta sensación de vacío situada justo debajo de la oreja: cuanto más se tapaba los oídos para evitar el chirrío de los goznes, más sentía derrumbarse sobre ella una pesada placa de metal.

Entonces era cuando llegaba al sexto piso del edificio donde trabajaba, y tomaba aire, como si así absorbiera un coraje inexistente al que añadía sin excepción un agüilla espesa en sus ojos. Se acercaba a la puerta, dudando de lo que indefectiblemente estaba a punto de hacer. Llamaba al timbre y empujaba la puerta.

-Buenos días.
-Si…
-Estaré en mi mesa.
-Si…

Y todo por nada. Porque no tiene ganas y esa jodida capa de agua no se le va de los ojos.

Acaba el día y sale del edificio. Coge el metro, siete paradas. Sale y llega a casa. Se sienta en la silla de la cocina, la que tiene en el hueco que queda entre la lavadora y la ventana. Consigue sin esfuerzo sacarse los zapatos y cruzar las piernas a la altura de los tobillos. Se mira los calcetines y después enciende un cigarro.

Demasiado silencio para estar en la ciudad. Cosas peores aún pueden venir.

La luz del fluorescente se junta con el fuego del hornillo que calienta la leche de la merienda y todos los ruidos se confunden en patético concierto universal. Mientras espera tranquila a que se caliente la leche, llaman a la puerta.

-Gracias. Cuando necesites algo, vivo en el 6º B. Me llamo Carlos.
-Bueno, gracias. Adiós.

Cuando volvió a su silla-banqueta contempló con rabia cómo la leche se había salido casi por completo del cazo dejando una grotesca capa de nata pegada por todo el hornillo. Se levantó, lo limpió y mezcló los restos de leche hirviendo con un poco de leche fría. Echó un sobre de Nescafé barato encima y comenzó a mojar bizcochos. Al tercero se levantó de golpe y salió de casa.

Y sí. Cogió el ascensor, pulsó el sexto y se plantó en la puerta del vecino. Tras cuatro toques de timbre, abrió la puerta una chica.

Claro, siempre hay una chica.

 

 

Error. Quién se habrá equivocado esta vez.

 

Se levanta y se acerca a la puerta.

 

-¿Quién es?
-Soy un vecino. Necesito un poco de sal y… -el sonido de la cerradura que se descorre interrumpe al orador.
-Hola -dice el hombre que aparece en el marco de la puerta-, vivo en el sexto. Me he quedado sin sal cocinando… ¿podrías darme un poco?
-Sí, claro -Daniela se gira y va hacia el mueble encima del fregadero. Vuelve en seguida con una pequeña bolsa de plástico llena de sal.Toma.

 

-Hola, vivo abajo. Es que necesito un poco de azúcar para el café, y como abajo no encuentro a nadie…
-Sí, claro, pasa.
-No, déjalo. Espero aquí.

La chica volvió con un puñado de sobrecitos de azúcar de cafetería y se los dio en las manos.

-Bueno, gracias.
-De nada. Chao.

Daniela se sentó en la escalera del sexto piso, miró los sobrecitos y dos bolas de agua desbordaron las cuencas de sus ojos hasta ponerse en contacto con el azúcar.

En rigor no lloraba. Sólo le goteaban los párpados. No emitía ningún sonido; ni con la boca ni con la nariz. Se sentía estúpida. Simplemente no entendía por qué había actuado así. Sin poder casi ni andar llegó hasta su casa, entró y cerró la puerta con llave.

HELENA DE LLANOS
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