Hay veces en las que uno se duerme sin darse cuenta: se duerme en el metro después de trabajar, cuando algún amigo pesado le está contando por tercera vez su última batalla, cuando el profesor de turno ha decidido ponerse a divagar… y sobre todo cuando la rutina le atrapa y le impide ver más allá de su horizonte. Sin embargo, hay momentos en los que de repente uno se choca con algo y… ¡zas! se vuelve a sentir vivo. Entonces, piensa que ha descansado, ha cogido fuerzas y otra vez revive con más ganas que nunca.

Algo parecido fue lo que me ocurrió el viernes pasado: entré en el teatro con la cabeza vacía y salí con tantas ganas de romper el mundo, que casi me asusté. La culpa de todo la tuvo Los invasores de Egon Wolff (Santiago de Chile, 1926), una obra tan necesaria para empezar a pensar en la ignorancia de muchos y la soberbia de unos pocos, como terrible a la hora de juzgar la hipocresía humana en la búsqueda de un equilibrio social.

Los invasores grita revolución, pide y justifica la igualdad de clases, pero no mediante una consigna llena de significante y vacía de significado, que es a lo que uno acostumbra, sino mediante un hecho inminente: la esperada sublevación de la masa obrera que reclama su propia dignidad.

Muy fácil hubiera sido quedarse en la posición de estos marginados, pero Egon Wolff va más allá; no solo analiza las causas y consecuencias desde la mirada del dominado, sino que descarga una gran parte del protagonismo de la obra en el empresario Meyer, modelo de una clase dominante, que cada vez se ve más arrinconada por la fuerza del pueblo. Frente a Meyer, Wolff coloca a China («una entre mil», dice ella misma), la antagonista que representa a las clases marginales y que se responsabiliza del comienzo de la pequeña revolución que ha levantado la ciudad. En las conversaciones entre estos dos arquetipos es donde reside toda la carga política y filosófica de la obra. Sus diálogos, que recuerdan a los agones griegos, se traducen en juegos de perspectivas y palabras que dejan al espectador lleno de incógnitas y planteamientos irresolubles en la pasividad de la butaca teatral. Solo cuando llega el desenlace y uno se levanta a aplaudir es consciente de que ahora es su turno y debe comenzar su propia invasión para obligar al cambio (aunque sea pequeñito y breve), para ocupar su puesto en el mundo.

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Para centrarnos:

Los invasores fue estrenada en 1963 y forma trilogía con Flores de papel (1970) y La balsa de la medusa (1984). De corte político, se adscribe a aquellas obras que tuvieron como máximo referente el Marat-Sade de Peter Weiss. Esta vez ha sido representada con tremendo éxito en la Sala Youkali (c/ Santa Julia, 11, Madrid), donde la escenografía atrapaba a los espectadores, que sentados en círculo alrededor de ellos, distábamos un palmo de sus voces. César de Vicente Hernando la dirigió; el Centro de Documentación Crítica y la Unidad de Producción Alcores se encargaron de apadrinarla.

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